5.7.20

La propiedad privada

Escribe Sebastián Ramírez


Este 20 de junio, mientras se cumplían 200 años de la muerte de Manuel Belgrano, se realizó un banderazo en defensa de la propiedad privada. Una infortunada coincidencia. Porque Belgrano, uno de los líderes de la Izquierda de Mayo. fue castigado por los retardatarios de su tiempo. Un pilar contra las afrentosas desigualdades. Nació rico y murió en la miseria. Para entonces, su único capital era la certeza de una vida al servicio de los demás. 



 

De indignados e INDIGNADOS

La intervención de Vicentin y el proyecto de expropiación potenciaron la furia de los sectores dominantes. El Gobierno avasallaba la seguridad jurídica y el mismísimo derecho a la propiedad. Desde su óptica, justificada indignación.

Visto desde las necesidades de las mayorías y del interés de la Nación nosotros también nos indignamos. Indignados por el fraude argumental con el que ocultan el fraude instrumental mediante el cual, los propietarios, vaciaron su empresa. Indignados por la embestida mediática en curso. Y por la desfachatez con la que apuntalan sus privilegios. Son los que en plena pandemia, al conjuro de los Macri, Pichetto, Bulrich, se convocan para “liberarnos” de la infectadura.

Sobre Vicentin se ha dicho y escrito bastante. Avancemos entonces en las ideas fuerza que nutren el ruido señorial.

 

La propiedad

La negativa a considerarla un derecho irrestricto ¿es exclusiva de los marxistas? Decididamente NO. Los límites a la propiedad privada son habituales en la Historia. Tanto en el curso de los procesos revolucionarios como en los reformistas.

En las guerras, los triunfadores imponen a los vencidos las reparaciones. Estas suelen costarle al derrotado las “joyas de su corona”.

Cuando las crisis, el pez grande se come al chico, sin el menor miramiento por la brutalidad de los métodos expropiatorios.

Desde hace tiempo, los círculos del Poder exacerbaron su embestida contra cualquier iniciativa que oliera a cambios. Muchos de los expropiadores de antaño pasaron entonces a la defensiva. Hoy, juiciosos posibilistas, se cuidan de no ser confundidos con sus predecesores.

Sin ánimo de considerarla como la posición unívoca de la Iglesia, tienen mucho valor estas definiciones contenidas en la Encíclica Laudato si (Vaticano, 2015): “Dios niega toda pretensión de propiedad absoluta.” Y también, “La tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada.”

 

Choque de derechos

Con la propiedad no se juega. Siglos de goteo ideológico le otorgaron jerarquía de principio intocable. Incluso muchos la consideran un derecho natural. Con la misma majestad que la libertad o la identidad. Otros derechos naturales: el derecho a comer, el derecho a un techo. ¡Cuánta hipocresía! 

El derecho a la Libertad… ¿Acaso no se amparaban en el derecho de propiedad los dueños de esclavos? Sabemos como fueron a la guerra en defensa de tal derecho. Y, a no creer que todo esto sean antiguallas. Un flagelo que se continúa en estos días bajo el eufemismo de esclavitud moderna.

Alimentación…, vivienda… Muchos usufructúan derechos de primera. Mientra otros, los más, de décima. La generalizada injusticia y otras plagas demuestran que sólo mediante la lucha podemos aproximarnos a dichos derechos. ¡Y en eso estamos! Así como las mayorías peleamos por salud, pan, techo, tierra, libertad; así los sectores dominantes lo hacen por eternizar sus prerrogativas. ¡Y vaya que pelean!

 

¿Qué propiedad, cuáles propietarios?

Las clases dominantes trabajan a destajo para involucrar a sectores populares tras sus batallas. Mienten a sabiendas cuando aseguran que Vicentin es el inicio de una ola expropiatoria sin final.

 “Que te van a sacar la casa, que te van a vaciar el ropero…”. Ni ellos mismos se lo creen. Mientras lanzan su pirotecnia concentran sus energías en profundizar las desigualdades.

Supongamos, por un instante, que la demencial fortuna de unos pocos conviviera con una vida digna para los demás. Hasta pudiéramos pensar en resignarnos al capitalismo. Pero, ¡qué nadie se persigne por mi herejía! El secreto tras la monstruosa acumulación de esos pocos es la explotación y miserabilización de la mayoría. La expoliación de Pueblos y Naciones es la causa del desamparo de millones. Y de la muerte por hambre, guerra o enfermedades curables de otros tantos. Algo hay que hacer para enderezar nuestro Mundo. Y cuando nos lo proponemos salen al ruedo en defensa de la seguridad jurídica, de la Constitución, de los derechos adquiridos.

¿Alguna razón para no desapoderar de sus empresas a un Grupo delictual? ¿Deberían pagar por fraudes, contrabando, vaciamiento, fugas y demás estafas? No nos interesan los bienes de uso de sus propietarios. Vamos por los bienes de producción. Las máquinas en sus galpones. Que en mejores manos garanticen soberanía.

Hoy se horrorizan por la expropiación, mañana reclamarán generosas indemnizaciones. Cuando oportunamente hagamos las cuentas, veremos quien le debe a quien.

 

Hoy van por Vicentin… ¿mañana por vos?

La propiedad privada, tal cual la conocemos, es una realidad medianamente reciente. Carlos I en Inglaterra y Luis XVI en Francia pagaron con sus testas doradas el hambre de propiedad de los burgueses de su tiempo. Así sucumbió el Feudalismo.

Esa propiedad privada hizo su recorrido. ¿Tendrá acaso el mismo carácter lo que posee el 99% de la Humanidad con lo del 1% restante? Para nada.

Los poderosos hicieron su primer millón (más precisamente su acumulación inicial) ejerciendo violencia. La que hiciera falta. Tanto para expropiar a los productores directos, cuanto para contrarrestar la “sana” competencia. Y, con mayor o menor sofisticación, así siguieron.

 

Los expropiadores al por mayor

Las mayorías de la ciudad y el campo son propietarios de sus músculos y sus nervios. Han sido privados de todo lo demás. Incluyendo los más elementales derechos (escritos o tácitos). Una sistemática expropiación a cargo de oligarcas y grandes burgueses.

Pero, cuando asoma algún peligro para patrimonio y primacías hacen sonar la alarma y se alistan para la batalla. Toda la carne al asador. El Grupo Vicentin debiera agradecer la solidaridad de clase de la Sociedad Rural, la Asociación Empresaria Argentina, la cúpula de la UIA y del aceitado complejo mediático. En un abracadabra evaporan las tropelías de su defendida y se victimizan.

Vicentin le metió las manos en los bolsillos a miles. ¿Pero expropiarla? Inaceptable. La propiedad privada de sus propietarios tiene mayor dignidad que la de sus víctimas.

 

El suelo

La tierra, los ríos y lagos, las riquezas del subsuelo preexisten a los seres humanos. Sin embargo, algunos han encontrado el medio de apropiárselos. Viejos y nuevos terratenientes son dueños de extensiones inconmensurables. Mientras tanto, otros poseen cero.

Los mecanismos de apoderamiento de la tierra fueron siempre los mismos. El desalojo de sus moradores originales. Sea por la fuerza o por argucias leguleyas. Ni hace falta retrotraernos a las mercedes reales que premiaban a los Adelantados. Ni a Roca repartiendo el Desierto entre los ricachones porteños y los jefes del genocidio. La historia continúa hoy día con expulsiones y asesinatos de originarios en numerosas provincias.

Estos celosos oligarcas, sus latifundios, la renta parasitaria conforman un combo nefasto cuyo efecto soportamos directa o indirectamente los argentinos. Pero para hablar de reforma agraria hay que pedir permiso. Y después perdón.

 

Agua, petróleo, minerales… y ¿ambiente?

En EEUU los propietarios territoriales son dueños de las riquezas que subyacen en sus terrenos. En Argentina NO. El agua, los hidrocarburos, los minerales son propiedad de la Nación y las provincias. Hasta aquí la legislación. Porque basta un contrato para que el flamante concesionario adquiera facultades para hacer y deshacer en sus nuevos dominios. Habitualmente, el carácter y la duración de la concesión es tal que facilita la explotación de los recursos hasta su extinción. Con más la total desaprensión respecto de los pasivos ambientales que dejan a sus espaldas. Los “inversionistas”, a falta del derecho a la propiedad, son recompensados con patentes de corso.

 

¿Y los Bancos?

Ya lo decía Bertolt Brecht, una institución tenebrosa. Algunas cajas y una gran bóveda. Y a mover dinero ajeno. Jugando con la plata de otros, en niveles astronómicos, durante la fase imperialista, se han transformado en poderosos entre los poderosos. Baste pasearse por cualquier City y contemplar los fastuosos edificios que han levantado sin arriesgar un peso. Acumulan en las buenas, las regulares. Incluso en las malas. Pero, cuando sobrevienen las muy malas. Entonces te expropian. No hay “contrato” que valga. Ejemplos sobran.

La Deuda, la gran especulación, y demás martingalas del negocio financiero. Instrumento principal para el condicionamiento de las economías de los países dependientes.

 

Concentración, centralización, extranjerización

El Imperialismo, actual fase del capitalismo, está recorrido por la dura disputa de las potencias por repartirse el Mundo. Y cuando se estabilizan las esferas de influencia vuelven a disputar para re repartírselo. Concentración, centralización, extranjerización en un interminable remolino de ganadores/perdedores. El choque entre monopolios suele ser brutal. Allá ellos. Pero en este juego de asimetrías pensemos cuántas PyMEs han desaparecido. Cuánta fuerza productiva dilapidada. Cuánta gente arrojada a la banquina.

 

Estatizaciones y FMI

Esto fue Historia. ¡Cuántas expropiaciones a cuenta de manejos irregulares de sus propietarios!

En 1942 estalla el escándalo Bemberg. Casas más, casas menos, fechorías muy similares a las del grupo Vicentin. Como resultado del mismo es nacionalizado el Puerto de Rosario.

Años después (1947) Perón crea la Dirección Nacional Industrias del Estado DINIE. En la misma se integran las empresas alemanas expropiadas como reparación de guerra. Entre otras: Bayer, Merck, Schering, Metaldinie, Ferrodinie, Crisoldinie, Siemens, Deutz Otto, AEG, Cemento El Gigante, IMPA, OSRAM.

Sobre la base de la expropiación de la estancia San Juan (1948) se crea el Parque Pereyra Iraola. Otro tanto ocurre en 1951 con la estancia Santa Narcisa.

Tras un largo conflicto es expropiado el Grupo Bemberg (1955). Su principal activo, la cervecería Quilmes.

Un hecho a retener: en 1957 la “Libertadora” gestionaba el ingreso argentino al FMI. Éste, impuso como condición ineludible la previa restitución a sus dueños de las fábricas expropiadas (las de la DINIE y la Quilmes).

 

Una temática infinita

Pudiéramos hablar de coronavirus, vacunas, patentes. Horrores como para enervarnos… Más para decir sobre muchas otras cuestiones. Pero hasta aquí llegamos.

1.7.20

La prostitución en el lenguaje jurídico

 

Escribe Margarita Bellotti

Integrante de ATEM – Asociación Trabajo y Estudio sobre la Mujer 25 de noviembre.

 

Toda intervención en el campo del Derecho implica una lucha por las definiciones que regulan las relaciones sociales y, por tanto, por el sentido y el significado de las mismas. Se trata de una disputa en el terreno del poder, especialmente en términos de género y de clase, y en el campo de la distribución de los recursos materiales y simbólicos.

Una legislación con pretensiones de neutralidad sólo consolida y recrea las desigualdades sociales existentes.

De allí que la consideración explícita de estas desigualdades es condición necesaria a la hora de definir figuras legales y políticas públicas.

Es preciso, asimismo, considerar que el derecho no se reduce a la norma escrita, en este caso en el Código Penal, sino que concurren con ella, las opiniones doctrinarias, la jurisprudencia o interpretación de la ley realizada por los jueces, el marco del derecho internacional, las definiciones extralegales pero que son valoradas jurídicamente, así como las ideas y mitos que forman parte del “sentido común”, las concepciones ideológicas de los/as operadores/as del derecho, etc.

Nuestra legislación no contiene una definición de prostitución; la misma surge de la doctrina y jurisprudencia, que se basan en las definiciones sociales e históricas, especialmente en los estereotipos que definen la feminidad y le atribuyen determinados sentidos. Estos estereotipos forman parte de las valoraciones jurídicas y de la constitución del sujeto jurídico mujer. En el caso de la prostitución, se unen viejos y nuevos estereotipos o definiciones de la feminidad, amalgamados en la idea central de las mujeres como seres al servicio de las presuntas “necesidades sexuales” de los varones. De la mujer viciosa a la mujer empoderada. En ambos casos, la que “lo hace porque le gusta” y, como dice Rosa Cobo, «arrastra simbólicamente el estigma patriarcal de ser la mala mujer» (1)

La prostitución, desde esta perspectiva, es el intercambio de sexo por dinero. Se la caracteriza como el trato sexual promiscuo, habitual y por precio. Los tres requisitos, entrega indeterminada, habitual y precio, son necesarios para que se configure la prostitución. El trato carnal venal, realizado circunstancialmente o con determinadas personas, no llega a ser prostitución, porque falta la entrega indiferenciada, Se la considera, asimismo, un modo de vivir, una actividad.

De tal manera la prostitución se ubica como una acción que se ejercita por las personas prostituidas, mayoritariamente mujeres, aunque también travestis y trans. De esta identificación que históricamente el lenguaje jurídico instaura entre mujer y prostitución se deriva una afirmación: en nuestro derecho no está prohibida la prostitución, sino la explotación de la prostitución de otra persona y la promoción o facilitación de la misma. Con ello se quiere afirmar que lo que designan como “ejercicio individual de la prostitución” no está penado, ni tampoco por supuesto las personas explotadas. Por tanto, las personas prostituidas no están incluidas en el derecho penal. Este es uno de los pilares del abolicionismo. Si estuvieran incluidas, nuestro sistema sería prohibicionista. Sin embargo, este sesgo represivo, que no se encuentra en el Código Penal, aparece en las normas provinciales de los Códigos Contravencionales y de Faltas aún vigentes en varias provincias.

Esta idea de una prostitución legal, autónoma, supone una acción que, si no se tratase de una concepción naturalizada, debiera resultar –por lo menos– asombrosa. Cuando el sustantivo prostitución se convierte en verbo, se conjuga –como dice la socióloga feminista Silvia Chejter– con un sujeto trastocado. Se conjuga como un verbo reflexivo: la persona se prostituye. Se trata, por tanto, de una acción de la persona prostituida sobre sí misma. ¿Se diría, se pregunta a continuación Chejter, que el esclavo “se” esclaviza o que el obrero “se” explota a sí mismo? De esto deriva también la idea del “ejercicio” de la prostitución como acción de esta persona que se prostituye a sí misma: ella es el sujeto activo y pasivo de la acción. Es la que realiza la transacción (sexo por dinero) y el objeto de esa transacción.

Esta modalidad discursiva, que está tan incorporada que la repetimos tanto en el habla cotidiana como en el lenguaje jurídico, permite ocultar a un actor indispensable, sin el cual la prostitución no existiría: el prostituidor, ése al que en lenguaje altamente mercantilizado se le llama “cliente”, como si una mujer o cualquier otra persona prostituida, fuera una mercancía más. Es él en realidad el que “ejerce” la prostitución, es decir el que ejecuta la acción de prostituir.

Cuando afirmamos que la prostitución es legal y sólo es ilegal la explotación de la prostitución ajena, incluimos en esa legalidad al prostituidor, ese actor necesario pero invisibilizado, para el cual se organiza todo el negocio de la prostitución.

Para explicar esta definición de legalidad de la prostitución e ilegalidad del proxenetismo, se acude habitualmente, tanto entre reglamentaristas como abolicionistas, al artículo 19 de la Constitución Nacional. El mismo dice: “Las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios y exentas de la autoridad de los magistrados. Ningún habitante de la Nación será obligado a hacer lo que no manda la ley, ni privado de lo que ella no prohíbe

Además de la clara identificación de la humanidad con el sexo masculino, la primera pregunta que surge es: ¿se puede hablar de protección de la privacidad y/o de la intimidad, en el marco de la prostitución? ¿Se puede decir que los actos del prostituidor no causan perjuicio? Los daños que causa la prostitución en las personas prostituidas y han sido largamente estudiados. ¿Quiénes producen esos daños sino aquellos que usan y abusan de sus cuerpos? ¿Quiénes sino los prostituidores? Sin embargo, nuestro derecho no ve allí la lesión de ningún bien jurídico. La salud psíquica y física, la integridad sexual, la dignidad, profundamente afectadas, no son ni siquiera consideradas.

Esta ausencia de reflexión jurídica sobre la violencia que ejercen los prostituidores, ha abarcado en otros momentos otras formas de violencia contra las mujeres, ubicándolas precisamente en el ámbito privado: el maltrato, las violaciones maritales, los abusos, entre otras, en las que el Estado se abstenía de intervenir. En estos casos, al menos discursiva y normativamente, estas ideas se sostienen sólo marginalmente. Pero queda un último reducto: el derecho masculino a acceder a los cuerpos de las mujeres de todas las maneras posibles, en este caso, legitimado por el dinero. Lo que se legitima es la mercantilización y cosificación de las personas prostituidas. Es el poder sexual de los varones. Se trata de una cuestión política, que interesa a toda la sociedad y a las mujeres en particular, por la violencia simbólica y la amenaza de violencia real que significa que todas somos pasibles de ser prostituidas. Hablar de privacidad es tergiversar el sentido mismo de la propia privacidad y de la intimidad. Ninguna violación de los derechos humanos puede ser una acción privada fuera del alcance de la ley.

También sobre la base del artículo 19 de la Constitución Nacional y del hecho de colocar a la prostitución como responsabilidad de las mujeres y demás personas prostituidas, se abre un campo de discusión acerca de las consecuencias jurídicas y sociales de la licitud de la “actividad” de éstas, por el que se cuela el neo reglamentarismo actual para ir más allá y definirla como un “trabajo” o como una actividad comercial lícita, que, por tanto, debe ser regulada por el Estado.

Si bien es cierto que, de conformidad con el mencionado artículo de nuestra Constitución Nacional, todo lo que no está prohibido está permitido (principio de legalidad), esto no significa que todo lo permitido o lo no punible presente un interés social por el cual deba ser reglamentado y, por tanto, promovido por el Estado. Si una persona intenta suicidarse y no lo logra, esto no constituye un delito, no acarrea pena alguna, pero no implica que el Estado deba intervenir para legislar sobre las condiciones y formas en que debe realizarse un suicidio. Hay otras actividades que correrían la misma suerte: la ingesta excesiva de alcohol, colocarse en riesgos innecesarios que sólo afectan a esa persona, autolesiones, etc.

Porque la ley no es sólo un conjunto de normas que regulan la sociedad, sino que se basa en principios consagrados en la Constitución Nacional y en el derecho internacional, particularmente el derecho internacional de los derechos humanos. Estos principios configuran una perspectiva ética. Todo el andamiaje de nuestro derecho se construye sobre la idea de la dignidad humana, la igualdad y la libertad. Así lo establece precisamente el Convenio para la Represión de la Trata y la Explotación de la Prostitución Ajena (Naciones Unidas, 1949), ratificado por nuestro país (Decreto ley 11925/1957 cuya vigencia se mantuvo conforme ley 14467 del 29/09/1958) (2) que, en sus Considerandos, dice expresamente: “La prostitución y el mal que la acompaña, la trata de personas para fines de prostitución, son incompatibles con la dignidad y el valor de la persona humana y ponen en peligro el bienestar del individuo, de la familia y de la comunidad”. Si bien sus disposiciones se refieren a la sanción de quienes explotan o conciertan la prostitución ajena y a la prohibición de prostíbulos, también hacen referencia a la prevención de la prostitución. De ello resulta que no sólo de los fundamentes expresados en sus considerandos, sino también de sus prescripciones, surge que la prostitución no puede ser considerada una actividad como cualquier otra ni una acción de las personas prostituidas, porque resulta contraria a la dignidad humana y debe ser prevenida. Esto es, a mi juicio, un obstáculo jurídico insalvable para las pretensiones neoreglamentaristas de considerarla un trabajo como cualquier otro. A ello deben unirse otras convenciones Internacionales, como la Convención para la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer, que tiene su centro en la igualdad entre mujeres y varones; así como la Convención de los Derechos del Niño y la ley nacional respectiva, en atención a que la equiparación prostitución y trabajo o incluso libre elección, que ha desembarcado en escuelas secundarias y universidades, e incluso en el campo de la Educación Sexual Integral, crea un determinado sentido que hace que niños/niñas y adolescentes puedan naturalizar la idea de que las niñas devenidas mujeres puedan ser legítimamente prostituidas y los niños prostituidores.

La dignidad significa que ningún ser humano puede ser usado como un medio para un fin de otro y está íntimamente relacionada con la posibilidad de la autonomía individual, de tener un plan de vida propio y con las condiciones de igualdad. Dignidad, igualdad y libertad están en la base misma de los derechos humanos y de la democracia.

Encontramos también estos principios en las discusiones parlamentarias que acompañaron la sanción de la ley 26842 de reforma de la Trata de personas y delitos conexos y en la jurisprudencia posterior, los que expresan la irrelevancia del consentimiento de la víctima en los delitos asociados a la prostitución, es decir: facilitación, promoción y explotación de la prostitución ajena y trata de personas. Esto es precisamente otro de los caracteres del abolicionismo jurídico.

Un recorrido por la jurisprudencia de la Cámara Nacional de Casación Penal, recopilado por la PROTEX, nos conduce por estos derroteros, cuando se refiere, en varios casos, a que la trata de personas y delitos conexos “afecta gravemente la libertad y la dignidad de la víctima, que ha sido reducida a la condición de cosa u objeto comercial…”, “…introduciéndola en el mercado de bienes y servicios…”. Se trata, según esas sentencias, de la “esencia de lo humano, cuya propia explotación no puede ser consentida por el sujeto sin afectación de su condición de persona…”. Por eso el delito tiene lugar “…aunque mediare el consentimiento de la víctima” (Cámara Nacional de Casación Penal, Sala III, causa FCR 12009504/2012, “Díaz, Ramón Ángel s/recurso de casación”, Ídem, Sala IV, causa FSA 2699/2013, “Lamas, Marina del Valle y Teragui Héctor Nazareno-s/recurso de casación”, rta. 21/’5/2’15, reg. Nº 939/2014-4, entre otras) (3)

Por esto y por los derechos sociales, económicos y culturales que contiene la ley contra la trata de personas, el neoreglamentarismo actual viene por su reforma, a fin de que el consentimiento de la víctima sea tomado en cuenta para eximir de responsabilidad penal al autor del delito, es decir que impida que se realice la figura típica.

¿Qué sucede en nuestro derecho con el prostituidor? En principio, no está penalizado. Lo vemos claramente cuando allanan prostíbulos y se menciona que había x número de “clientes”. Ni siquiera aparecen como testigos en los juicios. Su privacidad se protege por sobre todas las cosas.

Al respecto, tengo una posición personal de apoyo al sistema nórdico de abolición del sistema prostituyente, que tuvo su primera expresión en Suecia y luego se extendió a otros países entre ellos Noruega y Francia y que hoy está siendo impulsado por las feministas abolicionistas españolas. Ello implica al menos tres cuestiones principales, de las cuales se derivan otras;

Recursos del Estado aplicados al reconocimiento de derechos económicos, sociales y culturales que permitan salir de la prostitución.

No penalización de las mujeres y demás personas prostituidas

Penalización de proxenetas, tratantes y prostituidores.

Esta legislación incluye la prostitución dentro de las leyes de violencia contra las mujeres, de lo cual se deriva que las personas no “se” prostituyen a sí mismas, sino que sobre ellas se ejerce violencia, son prostituidas. Es decir, la acción de prostituir corresponde a proxenetas y prostituidores. En la jurisprudencia sobre el delito de trata de personas de la Cámara Nacional de Casación Penal, encontramos algunos casos en que consideran aplicable la ley 26.485 de Prevención y Sanción de la violencia contra las Mujeres (Cámara Nacional de Casación Penal, Sala III, causa 34020065, “López Atrio Rafael Alejandro y otros s/recurso de casación”, rta. 30/04/15, registro nro. 702/15; Cámara Nacional de Casación Penal, Sala IV, causa 1662, “Muños Muriche A s/recurso de casación”, registro nro. 2544/13, rta. 20/12/2013) (3)

La penalización del prostituyente no es un tema saldado en el abolicionismo argentino, pero es fundamental, a mi juicio, que sea un tema en debate, porque ese actor hasta ahora invisible, produce daños concretos en las personas prostituidas y el derecho no puede hacer caso omiso de la lesión a bienes jurídicos en que se ve afectada la dignidad humana y la integridad física, psíquica y sexual de las personas. La articulación de que formo parte, Convocatoria Abolicionista Federal, plantea la exigencia al Estado de la realización de campañas que señalen la responsabilidad de los prostituidores y estén dirigidas al desaliento de la demanda de prostitución. Ello junto a un enérgico reclamo de políticas públicas que permitan salir de la prostitución. Ello nos está ofreciendo serias dificultades, ya que nos resulta difícil ser escuchadas por el Estado, que prefiere generar espacios de conversación con quienes sostienen el “trabajo sexual”. Hasta ahora hemos sido recibidas por el Ministerio de Mujeres Géneros y Diversidad y hemos enviado nuestros documentos y pedidos a todos los Ministerios. Sólo hemos recibido silencio. Estamos llevando adelante una campaña dirigida a exigir la Inclusión de la Prostitución en el Plan contra las Violencias de Género que está elaborando el primero de estos Ministerios y extendemos este pedido al conjunto del Estado Argentino. Nuestro lema y hashtag es #ProstituirEsViolencia

Dejo planteada la pregunta acerca de la posibilidad de penalizar al prostituidor en el marco de la normativa penal actual. Señalo dos caminos posibles a pensar: uno, considerarlo partícipe necesario de los delitos de explotación de la prostitución ajena (art. 127 Código Penal) y de trata (artículo 145 bis) en los términos del artículo 45 del Código Penal, es decir en el caso de aquel cuya colaboración es necesaria para la comisión del delito; o bien como un facilitador de la prostitución (artículo 125 bis), en virtud de que sus acciones (procurar a una persona para su satisfacción sexual mediante un pago, abusar sexualmente de esa persona, es decir, imponerle su sexualidad sin que importe el deseo de la misma, pagarle un precio en dinero o en especie), podrían considerarse actos idóneos para lograr el objetivo de prostituirla, ya que él hace posible la prostitución de la persona y sin él no sería posible lograr el objetivo de prostituirla.

Por último, me referiré brevemente a algunos términos del lenguaje político y, en especial, a aquél que alude a la autonomía corporal y que realiza una analogía con el derecho al aborto. Me refiero a la consigna: “Mi cuerpo, mi decisión”.

El reclamo del derecho al aborto se vincula a la autonomía corporal y personal. El lema: “Un hijo si quiero y cuando quiera”, refleja el vínculo con un plan de vida, con el derecho a la privacidad y con la salud integral, y en todo ello ve involucrada la subjetividad.

El presunto “derecho” de vender o alquilar, en todo o en parte, el propio cuerpo en la prostitución, como una expresión de autonomía personal, trata al cuerpo como una propiedad ajena a las personas, como si fuese una silla o una casa. En realidad, el cuerpo es nuestra propia casa, la casa de nuestros sentimientos, placeres y dolores, es decir de nuestra propia vida. Somos nuestro cuerpo. Que el mismo pueda ser puesto a disposición de los deseos ajenos, escindiéndonos de nuestros propios deseos, que pueda ser tratado como una cosa al servicio de los deseos o del poder y dominio de otro, nada tiene que ver con la decisión personal y la autonomía. La prostitución es en realidad el “derecho” de los prostituidores y es fundamental, desde una perspectiva feminista, cuestionar el derecho de los hombres a acceder al cuerpo de las mujeres. Como dice Francoise Heritier: “Decir que las mujeres tienen derecho a venderse, es ocultar que los hombres tienen derecho a comprarlas”. 

 

(1) Rosa Cobo: “La prostitución en el corazón del capitalismo”, Catarata, 2017.

(2) servicios.infoleg.gob.ar

(3) https://www.fiscales.gob.ar/wp-content/uploads/2016/05/rese%C3%B1a-de-la-CNCP-sobre-trata-de-personas.pdf

La prostitución: debates actuales y los sistemas jurídicos


Escribe Marta Fontenla

Integrante de ATEM – Asociación Trabajo y Estudio sobre la Mujer 25 de noviembre.

 

Como se dijo en la presentación, pertenezco a Convocatoria Abolicionista Federal que es una coordinación de grupos y mujeres de varios lugares del país y de CABA que surge de la “Asamblea Abolicionista del Sistema prostituyente” que hicimos en el 34º Encuentro Nacional de Mujeres en La Plata, en octubre del año pasado. En febrero de este año comenzamos a reunirnos mujeres de CABA y otros lugares del país, para a realizar acciones de concientización y difusión del sistema abolicionista y de la violencia que supone la prostitución y exigir políticas públicas. Por eso iniciamos la campaña #Prostituir es violencia. Los puntos de acuerdo y reclamos los hemos ido publicando en nuestro Blog y Facebook: Campaña Abolicionista Federal, como “Plataforma de acuerdos”. También publicamos flyer y videos de esta campaña en Instagram y Twitter.

En esta charla de hoy, parto de varias premisas: 


Primero: que la prostitución es violencia y por tanto no puede ser considerada trabajo. Este concepto se relaciona con el de Patriarcado, como sistema de dominación de los hombres sobre las mujeres y la actual reorganización de los viejos pactos que construyen, entre ellos el de prostitución y de sus interrelaciones con el capitalismo neoliberal.


Segundo: La ideología neoliberal conservadora busca desarticular a las sociedades individualizando los problemas y haciéndonos creer que son personales, cuestiones de libre elección separándolos de las estructuras sociales, económicas y políticas que los generan y tratando de cambiar el significado de los conceptos. Por tanto no se puede considerar la prostitución como un problema individual de una mujer o de un grupo de mujeres u otro grupo de personas que un día deciden ser prostituidas. Es una institución patriarcal histórica y es un problema social, de género, de creación de violencia, en la que interviene intereses sexuales, económicos y políticos.


Tercero: En la prostitución, no es posible poner a la persona prostituida como el sujeto de la acción, porque su cuerpo es el objeto de la transacción. Ni tampoco considerarla como sujeta de un contrato realizado en condiciones de igualdad y libertad, y llamarla trabajadora sexual, sin examinar el papel de todos los partícipes: los puteros, prostituidores o cliente , los lobbies de proxenetas y su inserción en los distintos estamentos del estado, de los medios de comunicación, de los movimientos sociales, de las universidades; la llamada industria sexual, el aumento exponencial de la demanda y de prostíbulos, de las redes mafiosas organizadas como empresas, del dinero que lavan y de las remesas que las mujeres prostituidas envían sus lugares de origen para mantener a sus familias. 


Cuarto: la prostitución esta siempre organizada, es un subsistema dentro del sistema patriarcal. Un dato no menor es la pedofilización de la prostitución, dado que los puteros piden adolescentes y niñas cada vez más pequeñas.

Por eso defino el acto de prostituir como el que tiene lugar cuando una persona llamada prostituyente o prostituidor o putero compra o alquila por un precio en dinero o en especie, el cuerpo de otra persona generalmente una mujer o una niña tratada como objeto o mercancía, para usarlo sexualmente, para imponerle su sexualidad en razón de su mayor poder sexual, económico y social.

Esta definición se aparta de las ideas liberales o conservadores que la entiende en términos individuales, naturales, morales o voluntaristas, para ubicarlas como una institución que genera violencia y daño. Y ubica al prostituidor como el que ejerce sobre los cuerpos convertidos en mercancía o cosa, los actos sexuales que van a vulnerar a la persona, afectando su integridad sexual, física y psíquica, su dignidad humana y causando daños, además del que le causan los restantes integrantes del sistema. Por eso el Estado no puede organizar la prostitución reglamentándola o aceptarla y llamarla trabajo sexual.

Estos daños, han sido investigados por numerosos estudios y entre ellos están: la trasmisión del VIH y las demás Infecciones de TS, los golpes y abusos de proxenetas y prostituyentes, de los policías, los embarazos no deseados, los abortos, las hepatitis, la ingesta de hormonas, el alcoholismo, la drogadicción inducida, los asesinatos, el daño generacional que produce sobre las hijas de mujeres prostituidas que llegan a su vez a serlo por efecto de la normalización y la naturalización en el ámbito familiar, o como ocurre con la propaganda y normalización que se está haciendo en escuelas y universidades presentándola como algo glamoroso, empoderante y que permite ganar mucho dinero. Según estas investigaciones, la tasa de mortalidad de las mujeres y niñas prostituidas es 40 veces superior a la media, corren un riesgo 18 veces mayor de ser asesinadas que las demás mujeres, el 71 % ha sido objeto de agresión física mientras eran prostituidas, el 68% sufrió los síntomas de estrés post traumático y la tasa de suicidios es más alta. R Poulin agrega que las enfermedades de transmisión sexual y el desgaste que provocan hacen que el stock de mujeres prostituidas se tenga que renovar continuamente. Por eso no olvidemos que anualmente son ingresadas a la prostitución alrededor de 4.000.000 de mujeres y niñas según datos de Naciones Unidas.

El abordaje de esta problemática se hace desde distintas concepciones jurídicas, sociales, ideológicas y políticas y desde allí se construyen los sistemas jurídicos que van a definir qué es la prostitución: si es violencia o un contrato como cualquier otro, celebrado con los requisitos de discernimiento, intención, libertad y lo que presupone igualdad entre las partes. También es necesario preguntarnos si se pueden celebrar contratos que incluyan nuestra sexualidad, nuestra integridad sexual, física y psíquica nuestro cuerpo como totalidad para que sean usados sexualmente a cambio de dinero. ¿En qué otro tipo de contrato ocurre esto? ¿Cuál sería el equilibrio entre las prestaciones?

Desde el punto de vista del derecho, es importante analizar desde qué concepciones parten quienes hacen las leyes y quienes las interpretan y aplican, qué conductas van a resultar aceptadas y valoradas y cuales rechazadas, cuáles serán los bienes jurídicos a proteger. ¿Quién o quiénes son las víctimas y quienes los victimarios? ¿A quién hay que sancionar? O de ¿qué criterios parten sobre la igualdad, derecho a la integridad de nuestros cuerpos, a que no sean mercantilizados o trasformados en partes o agujeros, como sucede en la explotación sexual reproductiva o en la prostitución, a nuestra libertad, y a la construcción de un proyecto de vida propio? Como dice MacKinnon, el derecho es masculino y la ley dice lo que los hombres piensan sobre las mujeres. También es de clase, esta racializado, y tiene una mirada heterosexual.

Las críticas del feminismo al derecho por patriarcal, los sistemas jurídicos relacionados a la prostitución y la trata han sido revisados ya que de ello surgirá qué es la prostitución y a quién o quiénes hay que sancionar. Estos sistemas son tres: el prohibicionismo, el reglamentarismo y el abolicionismo.

El prohibicionismo sanciona a todos y todas, las y los partícipes del sistema, incluyendo a las víctimas o personas prostituidas.

El reglamentarismo, establece las normas a las que debe adecuarse la explotación sexual, la legisla, legalizando el derecho masculino a prostituir, la explotación de la prostitución ajena, la existencia de explotadores, proxenetas y demás tratantes, la instalación de prostíbulos, tanto sean de gran tamaño como los puti clubs o pequeños, como departamentos, whisquerias, cabarets, cooperativas, privados, casa de masajes etc., establece las zonas y lugares de ejercicio. Permite la organización de redes de explotación, que favorecen la trata, y del hecho que ha dado en llamarse “industria sexual” que transforma en legal esa explotación en gran escala. Somete a las personas prostituidas a controles sanitarios y administrativos permanentes, las obliga registrarse y tener un carnet que acredite su salud sexual. Esto sucede tanto en Alemania, Holanda o nueva Zelanda, países que se toman como modelos de reglamentarismo. Aunque con distintas denominaciones (reglamentación, legalización, laboracionismo, descriminalización) todos tienen las características similares y funcionamiento que señalé y las personas prostituidas pueden estar en relación directa de dependencia con los proxenetas, o pueden alquilar una habitación, como en las ventanas en el famoso barrio rojo de Ámsterdam o en las casa o departamentos que alquila el o la proxeneta devenidos ahora en locadores y donde se cobra una tarifa de uso. Las normas a las que deben ajustarse no son uniformes, ya que dependen del estado o municipio donde se encuentren, según la organización política del país, pero todas incluyen el registro. A los puteros no se les exige ningún tipo de control ni examen o carnet que acredite su salud sexual. Quienes no se registran son clandestinas, y el sistema se transforma en prohibicionista, con lo cual el nivel de explotación aumenta exponencialmente. En Alemania, por ej., se estima que hay alrededor de 400.000 personas prostituidas, aproximadamente el 5% son nacionales y el resto son inmigrantes que no tiene residencia ni papeles de estadía. Para tener acceso a cualquier beneficio hay que tener residencia en Alemania y por supuesto aportar a seguridad social, para casos de enfermedad, el seguro social por desempleo.

Considerar a la prostitución trabajo desvía el análisis de los problemas sociales, ideológicos y políticos que genera la desigualdad. Si analizamos el trabajo, vemos que es en general una necesidad social y un acto de la acción humana. El trabajo o el servicio doméstico, con el que se la compara son socialmente necesarios porque permiten la reproducción de la vida y benefician a todos los seres humanos. La prostitución ¿es socialmente necesaria? ¿A quiénes beneficia su existencia? Es como si preguntáramos si la violencia contra nosotras en el interior de nuestras casas nos beneficia personal y colectivamente.

En Argentina, tenemos como expresión de propagandizar estas formas de reglamentarismo a la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMAR), que dicen ser un sindicato, lo que suena falso porque no tiene personería gremial y en el país tampoco hay patronal de proxenetas y tratantes para celebrar convenios colectivos. Reclaman simultáneamente “derechos laborales para las trabajadoras sexuales” y “trabajo sexual autónomo”. Los derechos laborales son para trabajadoras y trabajadores en relación de dependencia, que son quienes se sindicalizan. Por tanto, este pedido de derechos laborales y sindicalización encierra la legalización de los proxenetas, quienes devendrían entonces en empleadores. Las trabajadoras autónomas no tenemos sindicatos. Pero, ¿puede ser un trabajo, aún autónomo, la continua vulneración de las fronteras del cuerpo que resulta inherente a la prostitución? ¿Cómo reclamaríamos contra el abuso o el acoso sexual o el manoseo si ello forma parte de la actividad misma?

El tercer sistema es el abolicionismo y antes de empezar su desarrollo quiero aclarar una cuestión en boga: el intento de confundirlo con el prohibicionismo, o decir que hay que hablar con otro leguaje o que hay que aggiornarlo o que es punitivista. Este sistema surge en respuesta al reglamentarismo cuando en 1869, en Inglaterra se dictó la ley de enfermedades contagiosas que reglamentaban la prostitución y exigía a las mujeres prostituidas exámenes sanitarios, que no se exigía a nadie más.

Las feministas encabezadas por Josephine Butller exigieron su derogación hasta que la consiguieron.

El abolicionismo supone un paradigma, que en el campo jurídico se expresa en la Convención de Naciones Unidas para la Supresión de la Trata de Personas y de la Explotación de la Prostitución Ajena del año 1949, ratificada por nuestro país y vigente y que sostiene que “La prostitución y el mal que la acompaña la trata con fines de prostitución, son contrarios a la dignidad humana y el valor de la persona humana y pone en peligro el bienestar del individuo”. Esta afirmación es lo opuesto al paradigma del reglamentarismo, tanto el pasado como el actual.

Los puntos centrales de este tratado, además de relacionar como inseparables prostitución y trata, son:

1. el consentimiento de las víctimas nunca se va a tener en cuenta en la configuración de los delitos.

2. Las personas prostituidas no deben ser penalizadas nunca. Solo deben ser penalizados quienes explotan la prostitución.

3. Los países no pueden reglamentar la prostitución ni someter a las personas prostituidas a ningún tipo de controles sanitarios, registros o exigirles carnet.

4. Se prohíbe establecer prostíbulos, zonas rojas o lugares determinados o de encierro. Los Estados deben adoptar medidas para prevenir la trata y la prostitución.

 

Para poder realizar el paradigma abolicionista es necesario concretar el Derecho a la igualdad que significa terminar con la desigualdad social, económica, sexual, política y cultural entre varones y mujeres para poner fin a la prostitución.

Para el abolicionismo la dignidad humana, la libertad, la igualdad y la justicia son presupuestos para toda su construcción normativa porque son pilares de los DDHH.

Dictar leyes que permitan reglamentar la desigualdad transformándola en valiosa viola la Constitución Nacional y los pactos internacionales de DDHH firmados por nuestro país (entre ellos la convención de 1949, la CEDAW (Convención contra toda forma de Discriminación hacia las Mujeres), el pacto interamericano de DDHH (pacto de San José de Costa Rica), el tratado de Derechos Económicos Sociales y Culturales, entre otros). Por eso, decir que la prostitución es un “trabajo” o reglamentarla de cualquier otra forma va en contra de ese orden de los DDHH, de la misma manera que no se puede aceptar la esclavitud, aunque el esclavo diga que está de acuerdo con ser esclavo, porque se vulnera su dignidad humana.

Se dice que en nuestro país la prostitución es legal, porque no se sanciona a las personas prostituidas. Refiriéndonos al sistema esclavista, ¿a alguien se le ocurriría sancionar al esclavo? No. Porque es la víctima del sistema. Pero no por esto diríamos que en nuestro país la esclavitud es legal. Lo mismo sucede con la prostitución y por qué no se sanciona a las personas prostituidas. No hay nada que descriminalizar o legalizar. Solo cumplir los postulados abolicionistas porque la prostitución, aunque se la llame “trabajo sexual” no da derechos a las personas prostituidas. Si a los puteros, proxenetas y tratantes.

El nuevo abolicionismo, como es el establecido por ej. En los países nórdicos o Francia entre otros, apunta a la raíz del sistema prostituyente, ya que pone la responsabilidad en quien aporta el dinero para que todo ese mecanismo de violencia funcione: el cliente, prostituidor o putero, así como el establecimiento de políticas públicas para desalentar la demanda.

En estos países se ha incluido la prostitución en las leyes contra la violencia hacia las mujeres por los daños que causa y desde allí se castiga a sus perpetradores. La libertad y la igualdad se logran según estas leyes estableciendo una política nacional de sanción al prostituidor, cliente o putero, restituyendo derechos a las personas prostituidas, y estableciendo políticas públicas de carácter nacional de prevención capacitación y educación, o sea concretando los principios abolicionistas. Personalmente creo que es la única manera de controlar el daño que produce la prostitución y conseguir esa igualdad por la que tanto luchamos.

25.6.20

Falta un presente

Escribe Beatriz Bruce

Filósofa

La filosofía no merece ni una hora de esfuerzo

si no se consagra a lograr que la verdadera vida esté presente.

Alain Badiou (2010)

 

Mucho, quizás demasiado, se ha escrito sobre el acontecimiento emergente a fines del año 2019 –Pandemia COVID19– que ha sacudido nuestro estar en el mundo, nuestra trama cotidiana de interrelaciones en la cual nos encontrábamos sumergidos. Hemos arriesgado conjeturas tanto sobre ciertas razones que facilitaron su irrupción como también dibujamos aperturas posibles –esperanzadoras o no– como conjuro a la incertidumbre. Todo intento de buscar un sentido, en ese mismo acto, lo tapona, como Lacan expresa (1977). El presente se siente;  y, en muchos casos, vacío.            

La venida de un poderoso y minúsculo ser, al cual –con ansias de delimitarlo, apresarlo, domesticarlo– catalogamos como SARS-CoV-2, se revela, desde un punto de vista filosófico, como un acontecimiento, porque habilita la irrupción de lo heterogéneo, la deconstrucción de la presencia (Derrida, 2011: 64). Es lo emergente que modifica abruptamente el mundo, en lugar de ser meramente producido por él. Azaroso por naturaleza, no podía ser predicho fuera de su situación singular. La figura del golpe de dados mallarméano ilustra lo impredecible del acontecimiento que burla las pesadas determinaciones de las estructuras (Badiou, 1999: 89). Es algo que sucede fuera de un fluir de sentidos canalizado, aunque lo indecidible de su ocurrencia nos obligue a decidir sobre lo indecidible (Rancière, 2011: 286).          

¿Cuál sería el papel de la filosofía frente al acontecimiento? Podemos compartir una sentencia de Certeau (2000:223): “La falla o el fracaso de la razón es precisamente el punto ciego que la hace entrar en otra dimensión, la de un pensamiento, que se articula con base en lo diferente como su necesidad inasequible”. O, como dice Badiou (2010: 15): “Hay que pensar la excepción. Debemos saber qué tenemos para decir sobre lo que no es ordinario. Es necesario pensar el cambio de vida.”  


Stéphane Mallarmé

Para hablar o escribir sobre esto indiscernible, sobre esta alteración del orden del ser/estar, quizás sea conveniente huir del lenguaje hiperarticulado de la representación. Aceptando este desafío –y de manera coincidente tanto con Badiou como con Derrida– recurro a Mallarmé, el gran poeta de aquello que sucede fuera del sentido, de lo que revolotea en torno al abismo de lo indecible, para abrir interrogantes. Presentando mis disculpas por la amputación del poema, transcribo algunos reveladores versos de Un golpe de dados (Mallarmé, 2008)[1]:                                                                    

Se nos pretende desdibujar ese abismo de misterio que nos abre ese minúsculo ser, al amparo del discurso de “los expertos” –de aquellos que no se encuentran, en el diario intercambio, cara a cara con la enfermedad y la muerte, sino que reciben datos y leen sus cifras–. “Puedo contar los agonizantes, puedo cronometrar la agonía, y no sé lo que es el sufrimiento, lo que es la nada” dice Lefebvre (1984:32) y es ese el efecto producido por ese diario parte que nos espectaculariza la muerte y ese compendio de instrucciones que nos trasmiten. Sin embargo, si no nos contentamos con recibir un mensaje, podemos entrever tras sus categóricas explicaciones que montan ensayos para disfrazar que, también ellos, fueron emboscados, sorprendidos. Aunque, hay que decirlo, se encuentran ahora a gusto otorgando dirección a la vida de los legos (ciencia normativa), siendo aplaudidos y resguardados junto a los mullidos tronos del poder y adornados con los atributos de ser “propietarios del saber”. Un golpe de suerte para el cientificismo, para esa adoración de la razón sin pliegues, sin fisuras, sin grietas. Para un discurso que vuelve a ampararse en la “neutralidad”, para eludir la discusión ética y política que todo excedente de represión amerita.    

La categoría, que Marcuse (1983) introdujera en Eros y civilización, de “represión excedente” pude ser resignificada con fuerza esclarecedora en estos tiempos para nombrar novedosas interdicciones que impactan en esferas distintas de la vida amparadas en “el virus” como causa. No pretende este escrito ir en la dirección de cuestionar el “aislamiento social obligatorio” que, como medida de política sanitaria, el estado tiene potestad para establecer. Bien lo señalaba Henri Lefebvre (1984:98): “La seguridad social, incluso fuertemente burocratizada, puede resultar mejor que el abandono y el desamparo en el mundo del dolor.” Como fue enunciado anteriormente, sólo se intenta abrir problemáticas que el acontecimiento pone en juego y que merecen una/varias/variadas, reflexiones sobre ellas. Me apropio de palabras de Jacob Burckhardt (1982: 7): “En el vasto mar que nos aventuramos, son múltiples las rutas, y las direcciones y las posibilidades”.  

Para entramar estas reflexiones escojo seguir el hilo de la vida cotidiana, sin querer con ello clausurar otras vías y tampoco agotar esta travesía elegida, cubierta por una perenne dificultad gracias a la heterogeneidad que sólo nos permite tambalearnos en un débil recorrido por un enredo de significados. Como si la complejidad fuera poco, enlazado al riesgo de aventurar ciertos efectos de sentido siempre se dejan vislumbrar, también, incontables oquedades; siempre quedan los espacios en blanco entre palabras y renglones. Derrida[2] ya nos enseñaba como las ausencias de significaciones siempre son operativas dentro de cualquier signo para que funcione como tal.   

El porqué de esta elección tiene que ver con la inmensa importancia que ha cobrado la cotidianeidad en el plano consciente. Irrumpe en nuestros pensamientos con carácter de primera figura propulsada por la desorientación que impuso en su habitual transcurrir el impacto de nuevas regulaciones prácticas. Desde una transparencia que la hacía invisible, ahora la vida ordinaria ha cobrado cuerpo y fuerza por restricciones y direcciones que perturbaron el tradicional tejido de las obligaciones diarias, de las prácticas reiteradas, de las trivialidades y también de ciertos destellos singulares. El abrupto montaje de otra organización de la cotidianeidad altera: el espacio, sea el habitable sea el de circulación, que es demarcado, reducido o vedado; el trabajo que es bloqueado, impedido, devaluado o travestido; el tiempo libre que se desdibuja tanto por la usurpación o impedimento de transitar por sus ámbitos específicos como por la ausencia de sus límites usuales; la socialización de todo tipo que queda plana y distanciada de sus cualidades sensibles o regulada numéricamente; la información que gira en un discurso único, monótono, cuantificado cuya iteración instala el aislamiento por terror y culpa; la actividad sexual que en muchos casos se altera y, en gran medida, queda constreñida al consumo de signos: recibe un manual de procedimientos para su virtualización acompañado de una ampliación de la oferta mediática estimulante; el consumo que sigue incentivándose y concretándose de manera virtual en ciertos sectores mientras que en otros desaparece su posibilidad al extremo de no poder adquirir lo imprescindible para cubrir las necesidades básicas.

Esta drástica transformación del ritmo de la vida ordinaria nos retira una estructura lo bastante firme –a pesar de sus ligerezas y de sus ocasionales oscilaciones– que servía para infundirnos tranquilidad y nos resguardaba así de los abismos. Nos dinamita un horizonte de sentidos tácitos que componía la gramática cotidiana. Conjeturo que, como producto de ese derrumbamiento, escuchamos, en los intercambios narrativos sobre los días que transcurren, llantos, alusiones a estados de depresión, agresividad a flor de piel, ansiedad, actitudes controladoras, angustia, hastío, aburrimiento, impotencia… Lo pavoroso, lo inconcebible –como expresa Benjamin (1998:65)– nos ha dejado aturdidos, agarrotados. Kafka en la entrada de su diario fechada el 22 de Enero de 1922 describe esa sensación de hundimiento provocada por un curso desacomodado de la vida:


Los relojes no coinciden, el reloj interior corre de una manera diabólica o demoníaca o en todo caso inhumana, el reloj exterior sigue su marcha habitual titubeando. Qué otra cosa puede ocurrir sino que esos dos mundos distintos se separen, y se separan o al menos se desgarran horriblemente. El salvajismo de la marcha interna puede tener distintos motivos, el más visible es la observación de sí mismo, observación que no deja tranquila a ninguna idea, las persigue a todas hasta sacarlas a la luz para luego ella misma ser a su vez perseguida […] (2010: 560)

 

Por momentos, también la conciencia reflexiva se abruma por el terror o el abatimiento  –pasiones tristes que nos paralizan el obrar (Spinoza, 2000: parte IV)– y, de manera más peligrosa aún, por la auto represión incrustada en “la conciencia de cada ciudadano” a partir de la aprehensión performativa de un mensaje que nos convierte en responsables/culpables de enfermedad y muerte. Esta conmoción de los sujetos nos interpela. Multiplicidad de preguntas y respuestas se superponen ante esa pérdida de una cotidianeidad organizadora y su reemplazo por otra; todas son posibles, todas son imposibles. Y esta es la dimensión sobre la que quiero girar: la experiencia de la imposible posibilidad, verdadera provocación para pensar.

Henri Lefebvre fue un pionero en la conversión de “la vida cotidiana” en objeto de la reflexión filosófica, destacando su peso ontológico en el conjunto social.[3] Como la carta robada del cuento de Poe[4], lo ordinario estaba a salvo de ser descubierto por su brutal exposición. Para Lefebvre es este el lugar de producción –en un sentido amplio y fuerte: praxis y poiesis– de la vida, a la vez que producto protector del conjunto social. Aunque siempre nos alerta sobre la imposibilidad de decirla y decidirla, por ser abierta e imprecisa, escribe:

 

Lo cotidiano es lo humilde y lo sólido, lo que se da por supuesto, aquello cuyas partes y fragmentos se encadenan en un empleo del tiempo. Y esto sin que uno (el interesado) tenga que examinar las articulaciones de esas partes. Es lo que no lleva fecha. Es lo insignificante (aparentemente); ocupa y preocupa y, sin embargo, no tiene necesidad de ser dicho, ética subyacente al empleo del tiempo, estética de la decoración del tiempo empleado. (1984: 36)

 

La cotidianeidad es temporalidad, flujo que, sin embargo, adopta un ritmo rutinario y repetitivo. Como bien lo explicita Ágnes Heller (1991: 385) “el sistema de referencia del tiempo cotidiano es el presente”. Desde sus actividades se van montando segmentos de presentes. Y en ese, su ahora, la vida cotidiana amalgama dos concepciones irreconciliables del tiempo. Por un lado el tiempo lineal, de dirección única, irreversible: el tiempo de la vida que nos permite fechar, cuantificar; es aquel que dividimos y distribuimos; por otro, el tiempo cíclico de comienzos y recomienzos, de día y noche, de estaciones diferenciadas que se repiten año a año, de rutinas periódicas: tiempo que introduce ritmos en nuestro hacer cotidiano –tiempo de sueño y de vigilia, de trabajo y de ocio–. Lefebvre usa la imagen de la música como analogía para representar esta dialéctica de tiempo que fluye y repetición. Explicita (1984: 30): como la música “es movilidad, flujo, temporalidad; y, sin embargo, se sostiene en la repetición”. Este tiempo –complejo, dialéctico– está espacializado, medido y cada vez más instrumentalizado.  

Desarmando críticamente este escurridizo objeto, encontramos que la vida corriente se compone –y así corresponde leerla en su correr antes y después del acontecimiento– de múltiples coacciones que imprimen habitualidad a lo que nos ocupa día a día aunque también pueden aflorar mínimas chispas de creación, de autonomía, de apropiación. Por un lado, cada vida singular se despliega en un mundo intersubjetivo naturalizado, diseñado con significados, costumbres y representaciones interiorizados de manera no consciente. Es lo que Ágnes Heller dramáticamente denomina “apropiación de la alienación”. Este fenómeno no es subjetivo; no es una percepción falseada de la realidad sino que es la manera en que estamos inmersos en ella.[5] Desde la mercantilización creciente del tiempo que caracteriza a las sociedades capitalistas (Time is Money escribía en 1748 Benjamin Franklin) las prácticas de sujeción y control avanzan colonizando las distintas dimensiones de la vida –incluso las del llamado tiempo libre– para coadyuvar a un orden social acomodado a los requerimientos de la producción y dócil a las direcciones del consumo. Debemos a Lefevbre una detallada descripción de la enorme incidencia de esa articulación racionalizada presente en lo cotidiano, que regula el tiempo, el espacio, el trabajo, el hogar, el vestido, la alimentación, el cuerpo y el deseo. Cada uno de estos fragmentos reconoce instituciones, organizaciones y valores que lo codifican; dicho en otro lenguaje, dispositivos de disciplinamiento.  

El predominio de las coacciones está enmascarado y los sujetos –individuales y colectivos- no descubren tan fácilmente su enajenación, presente tanto en el hacer como en el consumir. Es una bella imagen la descripción que hace Siegfried Kracauer (2008: 176/177): 

 

La magia de la vida burguesa la alcanza precisamente bajo su forma más sórdida, y ella acepta sin pensar todas las bendiciones que se filtran desde arriba. Es característico de ella que, en el salón de baile o en el café del suburbio, no puede escuchar una pieza musical sin ponerse a tararear de inmediato las canciones de moda correspondientes. Pero no es ella la que conoce todas las canciones, sino que las canciones la conocen a ella, la capturan y la asfixian suavemente. Permanece en un estado de anestesia general.

 

Un literato entrañable para nosotros los argentinos, Julio Cortázar, a través de un ejemplo más específico, nos muestra cómo la técnica moderna no se contenta con el control sobre el mundo físico sino que también es una buena ayuda para colonizar el mundo social y la vida cotidiana. Su breve relato refiere al reloj, como organizador de la medida abstracta y convencional del tiempo:


Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. […] Te regalan –no lo saben, lo terrible es que no lo saben– te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, […]. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo a perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tu eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj. (1995: 12)

 

Casi parecen inofensivas las dos escenas, si pasamos revista a tantos cautiverios en los que la producción y el consumo, hoy en día, nos van dejando como autómatas. Pero junto a las variadas formas de la enajenación, y formando una unidad inescindible, está la capacidad de crear prácticas que modifiquen los mecanismos que reproducen las lógicas establecidas. En lenguaje de Lefebvre, “la posibilidad de hacer de la vida cotidiana una obra” (1984:50) en cualquiera de sus dominios. Cualquiera sea la práctica, a pesar de su rutina, puede alumbrarse como obra. El término “obra” designa, para Lefebvre (1984: 245) “una actividad que se conoce, que se concibe, que re-produce sus propias condiciones, que se apropia de estas condiciones y su naturaleza (cuerpo, deseo, tiempo, espacio), que llega a ser su obra. Socialmente, el término designa la actividad de un grupo que se apodera y se hace cargo de su papel y destino social.” Es así que rutina y sensibilidad, miseria y grandeza, están enredadas en el ordinario transcurrir. 

Vuelvo de nuevo al acontecimiento disruptivo y recurro una vez más a Mallarmé, transcribiendo otro escrito de ese poeta maldito (Verlaine: 2018), para continuar este revoloteo sobre el tema:

 

Por única vez en el mundo, pues siempre en virtud de un acontecimiento siempre que explicaré, no hay Presente, no –no existe un presente. Por falta de que se manifieste la Muchedumbre, por falta– de todo. Mal informado quien se proclamase su propio contemporáneo, desertando, usurpando, con el mismo descaro, cuando ya cesó el pasado y tarda un futuro o ambos vuelven a entremezclarse en forma perpleja con el designio de enmascarar el distanciamiento. Fuera de los editoriales de los periódicos encargados de divulgar una fe en la nada cotidiana e inexpertos si el periodo de la calamidad es un fragmento, importante o no, del siglo.

Defiéndete, entonces, y mantén tu presencia. (Mallarmé, 1998: 232)

 

El acontecimiento nos ha saqueado el presente. Al retirarse ese presente que usualmente tenemos a la mano, que poseemos, que es presencia,[6] nos dejó solo el perpetuo instante de la ausencia. La agenda perdida nos organizaba, no sólo el ahora sino que desde allí también daba consistencia a parcialidades pretéritas y a aspectos del futuro. En un tiempo homogéneo, como señala Levinas (1993:125), “el pasado no es más que presente retenido y el futuro un presente por venir.” El quebrantamiento de ese ritmo de la vida ordinaria, nos produce cierto sentimiento de irrealidad al retirar la pesadez de su rutina internalizada y de su distribución. Como dice el fragmento, la confiscación de ese presente, nos aleja el futuro y miramos con nostalgia y desconocimiento al pasado. Más allá que “el aislamiento social obligatorio” como un vuelco radical de cotidianeidad también sea impuesto, nos ha introducido en la sensación de un tiempo indeterminado, indefinido, dilatado que deja a la superficie la profundidad del existir –que siempre es con los otros humanos y no humanos-.  

El vértigo que nos produce ese vacío nos ofrece dos amarres –cada cual con múltiples matices–. El uno, a la mano, tentador, férreo, nos deja atrapados en la añoranza de lo habitual con su tendencia a reproducir agendas análogas, aunque varíen los medios. Nos lleva a buscar refugio en prácticas familiares reconfortantes; a ordenar los fragmentos despedazados para reconstituir un orden que naturalizamos. Amoldados a habitar un tiempo cronológico –lineal, continuo– seguimos distribuyendo secuencias de tareas en unidades medibles. Habituados a ciclos, la vida corriente sigue llenando la sucesión de meses, semanas, días y horas mensurables con repetitivas ocupaciones obligadas o auto-programadas en un ritmo similar al antiguo. En variadas ocupaciones, estos remedos vienen impuestos o por la conversión de las obligaciones laborales en teletrabajo o por el requerimiento social que lleva a decretar como “trabajo esencial” a aquello que asegura cierta continuidad de la vida en el quebranto (personal de salud, provisión y transporte de alimentos). En cualquier caso, al abrigo de la familiaridad de esta opción, nos deslizamos, con sus desviaciones, en un tiempo preñado de significados homogéneos –aunque algunos puedan incomodarnos–. Benjamin nos alerta, en el Libro de los Pasajes (2005: 838/839), que esto es “la continuidad del infierno”, porque al no alterar el tiempo uniforme, no se aprovecha lo novísimo.   

El otro, es tomar lo acontecido como tiempo de cambios, tiempo de ruptura. La ausencia de una arraigada cotidianeidad puede inducir a buscar y practicar formas de vida alternativas, poner en juego nuestra voluntaria decisión para alumbrar nuevas facticidades. Valery –discípulo de Mallarmé– ya nos hablaba de la potencia creativa de la nada para poder vislumbrar nuevos mundos y nuevas vidas; de la ausencia como desencadenante de la capacidad imaginativa; de la falta como aguijón al deseo que nos impulsa a la acción creativa (1974: 953). El agujero en el presente permite variados rellenos que resignifican el pasado y abren futuros otros posibles. Si en lugar de recrear cronologías eclipsamos ese flujo uniforme, podríamos descubrir múltiples configuraciones para esta cesura en el tiempo. Si en lugar de atarnos a reproducir un status quo que sólo satisface a unos pocos nos atrevemos a querer algo distinto, la imaginación se libera.    

Bajo el imperio del acontecimiento disruptivo, la economía y la real política aún continúan con las mismas ocupaciones y preocupaciones aunque ensayen otras formas organizativas y administrativas. Y es por ello que la alienación amenaza constantemente con engullir al sujeto, si queda preso de lo instituido/instituyente. Pero no debemos dejar de recordar que siempre convive con ello la posibilidad de realizar una inversión práctica. (Lefebvre, 1984:115). La irrupción de lo imprevisto permite gestar momentos de apertura creativa en una lucha por cambiar lo habitual. La ruptura del tiempo pleno lo que abre es la diferencia nunca anulada de la otredad. Y la alteración de la vida de cada quien, como explica el psicoanalista Jorge Alemán[7], no sólo tiene efectos en la subjetividad, sino también posibilidad de traducciones políticas. 

Y es allí el notable interés que adquiere la cotidianeidad, y cómo su convulsión porta, de manera tenue pero discernible, las condiciones de posibilidad para un vuelco. Como lo señala Heller (1991: 24): “[…] las catástrofes han creado siempre la posibilidad de un cambio radical en la vida cotidiana”. Y Lefebvre dice (1984: 45/46):

 

Este lugar [la cotidianeidad] desdeñado y decisivo aparece bajo un doble aspecto: es el residuo (de todas las actividades determinadas y parcelarias que pueden considerarse y abstraerse de la práctica social) y el producto del conjunto social. Lugar de equilibrio es también el lugar en que se manifiestan los desequilibrios amenazadores. Cuando los individuos, en la sociedad […], ya no pueden continuar viviendo su cotidianeidad, entonces comienza una revolución. Sólo entonces. Mientras puedan vivir lo cotidiano, las antiguas relaciones se reconstituyen.

 

Gershom Scholem nos enseñó a distinguir y apreciar un mesianismo inmanente, que no se genera como revelación de un principio abstracto de esperanza de salvación para la humanidad, sino que, por el contrario, es una respuesta a circunstancias históricas muy concretas (1998: 103). Su amigo de juventud, Walter Benjamin, retoma esa idea con su categoría de tiempo-ahora (Jetztzeit), tiempo de interrupción del flujo homogéneo y vacío; tiempo absolutamente sincrónico y pleno que permite actualizar el futuro más lejano en el fulgor del instante presente (Mosès, 2000: 75); momento revolucionario en el cual al curso de la vida y de la historia se le da un nuevo sentido generando chances de redimir el pasado. Leemos en su XVII tesis sobre la historia:

 

[…] Y, en esa estructura, se reconoce el signo de una detención mesiánica del acaecer o, dicho de otro modo, de una oportunidad revolucionaria en la lucha por el pasado oprimido. Y la percibe para hacer saltar una época concreta respecto al curso homogéneo de la historia; así hace saltar una concreta vida de la época y una obra concreta respecto de la obra de una vida […] (2008: 316/317) 

 

Recordar esta potencia implícita en el quiebre de la enajenación hecha cotidianeidad en tanto oportunidad para alumbrar un movimiento de insubordinación y transgresión, no tiene el sentido de un ejercicio académico ocioso ni tampoco pretensión predictiva. Es un recorrido reflexivo que parte de describir la enorme conmoción que produce la falta de presente –sea por interdicción o por despojo o por pobreza de lo rutinario incorporado– y rescatar incrustada en ella los destellos para una creación demoledora. Si no cubrimos el hueco con nuevas formas de alienación, habitamos una posición que permite alumbrar “la pequeña puerta por la que puede entrar el Mesías” (Benjamin: 2008: 318); la pequeña puerta por la que puede entrar un aire fresco que nos libere de nuestra historia pasada y presente; la pequeña puerta por la que pueda ser expulsadas las injusticias del orden establecido. Habitar una temporalidad abierta a la diferencia puede permitirnos imaginar un por venir hospitalario con aquellos que subsisten desabrigados, que danzan descalzos y desplegar, desde allí, prácticas para su concreción. Escribe Levinas (1993: 125/126), desde una ética-política de la alteridad:

 

[…] a partir de la relación ética con el otro, yo entreveo una temporalidad en la que las dimensiones del pasado y del futuro tienen una significación propia. En mi responsabilidad por el otro, el pasado del otro, que no ha sido jamás mi pasado, me incumbe, él no es para mí una representación. El pasado del otro y de algún modo la historia de la humanidad en la que jamás estuve presente, es mi pasado. En cuanto al futuro –no es mi anticipación de un presente que me espera listo y semejante al orden imperturbable del ser, “como si ya hubiese acontecido”, como si la temporalidad fuese una sincronía. El porvenir es el tiempo de la pro-fecía, que es también un imperativo, una orden moral, mensaje de una inspiración.

 

Esto lo percibió el pueblo negro de los EE. UU. que, tomando como chispa disparadora el asesinato de George Floyd por brutalidad policial –hecho sucedido el 25 de Mayo de 2020 en Minneapolis–, se movilizó masivamente sumando a su ya histórica consigna “las vidas negras importan”, las últimas palabras dichas por Floyd “no puedo respirar”. Cruel metáfora de la opresión y violencia que sufren día a día no sólo el colectivo afro-americano, sino innumerables colectivos: latinos, árabes, trabajadores, mujeres, diversidades sexuales y de género –LGTBIQ+–, cuyos cuerpos también forman parte del “colonialismo interno” (Rivera Cusicanqui, 1993) o “colonialismo doméstico”  (Haywood citado en Grosfoguel, 2018:14). Las multitudinarias movilizaciones, que cubrieron casi todos los Estados Federados y que a pesar del toque de queda decretado en numerosas ciudades regaron con enormes columnas más de 140 núcleos urbanos, se sostuvieron con el correr de los días poniendo en ascuas a un sistema –ya golpeado por el virus- que los objetualiza como herramientas para dejarlos, después tirados en la intemperie.  

Sin querer para nada negar el potencial de quiebre de la “normalidad” que aflora en innumerables ocasiones en el mundo desde los distintos colectivos oprimidos –a veces sin el bloqueo de una cotidianeidad que ya es en sí misma un riesgo–, es significativo este ejemplo porque muestra como todo “orden” sostenido en las veleidades del capital implica necesariamente una alteridad desconsiderada y reprimida que puede entrar en ebullición. Más allá de cuál sea el desenlace de las acciones, como señala Didi-Huberman (2017: 33) la movilización es siempre un gesto de sublevación: “cada cuerpo protesta con todos y cada uno de sus miembros, cada boca se abre y exclama en el no, rechazo, y en el sí, deseo”. Ese gesto requiere asumir una experiencia interior radical en la que los deseos impulsan lejos porque tienen en cuenta sus propias memorias enterradas (Butler, 1997). Ese gesto “derriba el abatimiento que hasta entonces hacía padecer la sumisión (ya fuera por cobardía, cinismo o desesperación)” (Didi-Huberman, 2017: 33), por lo cual es positivo en sí mismo.  

Valga este ejemplo de movilizaciones colectivas, que pretenden un vuelco en el mundo –acompañadas de muchas otras en distintos espacios y tiempos–, como señal de la posibilidad de apertura a un tiempo que no sea de transición sino que desquicie su curso. Un tiempo de cotidianeidad desacomodada y sujetos alter-ados –atravesados por el otro–; un tiempo que permita torcer la historia desde las necesidades más acuciantes, nuestros deseos y nuestro protagonismo. (Benjamin, 2008: 316). 

 

Bibliografía 

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Verlaine, Paul (2018). Los poetas malditos. Zaragoza: Pregunta ediciones.



[1] La tipografía de la escritura, la disposición de los espacios y la dispersión son partes constitutivas del poema. El propio Mallarmé (2008) escribe en una nota que precede al poema: “[…] este empleo descarnado del pensamiento, con sus contracciones, prolongaciones, huidas, o su dibujo mismo, resulta una partitura para el que quiera leer en alta voz. La diferencia de los caracteres de imprenta entre el motivo preponderante, el secundario y el adyacente, adquiere importancia en la emisión oral. La ubicación en la parte superior, inferior o media de la página, indicará que la entonación sube o baja.”

[2] En numerosas obras Derrida gira sobre esta problemática. Sólo para nombrar algunas que la desarrollan explícitamente, cfr. (2003) De la gramatología. México: Siglo XXI; (1989) Márgenes de la filosofía. Madrid: Cátedra.

[3] No podemos dejar de mencionar que son antecedentes significativos tanto la noción de Lebenswelt husserliana, la cotidianeidad como emplazamiento temporal del ser-ahí en Heidegger y como gravitación de la aesthesis del ser-así en la filosofía tardía de Lukács.

[4] Cfr. Poe, Edgar (1987). La carta robada. Madrid: Siruela. El detective Dupin encuentra el sobre hurtado a la reina en un lugar demasiado sencillo para su encubrimiento, con lo cual otorga a lo cotidiano la dignidad del misterio.

[5] “El carácter fetichista de la mercancía y su secreto”, casi una conclusión del Capítulo1 de la primera sección del Libro I de El Capital, es una huella imprescindible para quien quiera seguir con este engorroso tema por tras las veladuras ya instaladas en su propia nominación. Cfr. Marx, Karl (1998) El capital, Tomo I, Vol. I, México: Siglo XXI, pág. 87 y ss. Balibar llega a sostener que ese texto es el punto arquimideo de toda fenomenología de la vida cotidiana, así como de los análisis centrados en el poder instituyente y reproductor del imaginario social. Cfr, Balibar Étienne (2000). La filosofía de Marx. Buenos Aires: Nueva Visión, Cap. 3.    

[6] El filósofo Emmanuel Levinas establece una relación entre el significado del ahora –maintenant en francés- como tener a la mano –main tenant- poseer. Citado en Rabinovich, Silvana (2005) La huella en el palimpsesto. Lecturas de Levinas, México, UNAM. Este desplazamiento en la lengua permite aprehender la significación del presente dentro de un tiempo medible.

[7] Entrevista a Jorge Alemán del 5 de Abril de 2020, en Punto de Emancipación, canal de Youtube dirigido por Jorge Alemán y Papo Kling. https://www.youtube.com/watch?v=l_54BRgpm94