16.10.09

Los jazmines de Idea Vilariño (del N° 32)

La voz irrepetible de una poesía sin concesiones
Escribe Jorge Isaías *

Un poeta argentino despide a la gran poeta uruguaya en cuya obra se cumplen –afirma– varios destinos, entre ellos la inclaudicable postura por la libertad, la reivindicación de los excluidos, la lucha antiimperialista y la de afirmar un lugar para su condición de mujer en un mundo de hombres.

Ha muerto Idea Vilariño. Antes de que apareciera en los medios, recibí un correo del amigo Carlos Quetglas, quien tenía contacto con ella y la visitaba.
El 18 de agosto iba a cumplir ochenta y nueve años.
Aunque no soy proclive al donativo exagerado con que se prodigan hoy las valoraciones y las exégesis, no creo equivocarme si digo que se ha apagado una de las voces más originales y auténticamente libres, con un dejo de rebeldía y un mucho de la ética de otros tiempos y agrego: que su voz será irrepetible.
Metafísica para algunos críticos, escéptica para otros, lo cierto es que su poesía pasó como una brasa ardiendo sobre el derrengado panorama de la poesía de América Latina, muertos ya sus principales referentes. Fue sin lugar a dudas una poesía escrita sin concesiones, porque así era ella.
La conducta de toda su vida fue así.
Escribiere ya sus lúcidos ensayos (sobre Juan Parra del Riego, sobre Julio Herrera y Reissig, o esa certera vivisección: “Conocimiento de Darío”) o esos pocos poemas que fue desgranando con poca usura, retaceados en sus mismos lectores que la seguían con auténtico fervor, porque esas letras se leían como si fueran la palabra revelada: “como si no fuese literatura” afirma la crítica uruguaya Ana Inés Larre Borges.
En Idea Vilariño se cumplen varios destinos, que es uno; su inclaudicable postura por la libertad adonde fueron incluidos los excluidos de siempre, si se me permite el juego de palabras; la lucha antiimperialista –Corea, Vietnam, Argelia- la lucha sorda y cotidiana de pelear por un lugar para su condición de mujer en un mundo de hombres, donde sus compañeros de ruta, sus amigos de la “generación del cuarenta y cinco” o de la “generación crítica” para otros, le dieron un lugar (merecidísimo después de todo). Ellos, Mario Benedetti, Ángel Rama, Mario Arregui, Manuel Claps, Emir Rodríguez Monegal, Carlos Maggi, José Pedro Díaz, Carlos Real de Azúa. También se los llamó “la generación de los parricidas”, o de “Marcha” porque todos publicaron en esa magnífica revista que dirigió Carlos Quijano. Hasta que la dictadura uruguaya la clausuró en el año 1974, tras el escándalo del premio otorgado al escritor Nelson Marra y que devino en la cárcel para él, el director de la publicación, el jefe de redacción y el jurado: Mercedes Rein y Juan Carlos Onetti. Se salvó de las rejas Jorge Rufinelli porque se había ausentado del país. Iban acompañando los espacios de poder: al periodismo, la cátedra universitaria y de los Institutos, y desde allí enjuiciaron a la generación anterior por razones literarias y aún políticas, encontrando su falta de compromiso, acreditando también por su condición masculina.
Ella fue docente, gremialista en su sindicato, traductora, crítica, una estudiosa de la conformación del verso, estudio la tonalidad, la retórica y la métrica.
También se interesó por la copla española anónima y tiene un enjundioso estudio sobre las letras del tango.
Fue, a no dudarlo, una auténtica intelectual de la modernidad que llegó a la vanguardia pero que siempre se reconoció con su deuda con la apuesta del gran Rubén Darío y su estudio impecable, profundo y lúcido sobre el nicaragüense pide a gritos su reedición.
Idea Vilariño, de 27 años, entonces, escribe un furibundo artículo contra la poesía que se escribe en ese momento en el Río de la Plata, y que según ella “una pobre poesía provinciana, sin originalidad, sin fuerza, (que) vegeta sin que aparezca para vivificarla ningún poeta verdadero, ningún intenso, ningún nuevo, ningún desesperado, ningún revolucionario. Nadie tiene mensaje. Los mayores no nos sirven de nada, los jóvenes se limitan a registrar sus personales vivencias mezquinas, insulsas, manidas, literarias. Es exactamente la poesía correspondiente a este período tibiamente burgués burocrático y de cultura media”. Veintisiete años, la edad en que murió Delmira Agustini. Y ella, Idea, está llena de pasión, como que la acompañó toda su vida.
La decisión de militar en política la lleva en el año 1971 a adherir al Frente Amplio, que terminará con el bipartidismo en la política uruguaya.
Es la época de sus canciones de su famoso “Cielito Oriental” que cantarán Daniel Viglietti, Alfredo Zitarrosa. En la mejor línea de su compatriota Bartolomé Hidalgo que inventó el “cielito” en 1811. El cielito y la literatura gauchesca.
Irá luego concentrando su poesía en tres títulos: “Nocturnos”, “Poemas de Amor” y “Pobre mundo”.
Pero aún irán saliendo sus poemas que se agregan a estas tres líneas.
En 1981, agregará los poemas del libro “No”.
La negatividad, el escepticismo y el hastío se verán un poco reivindicados en “Pobre mundo” porque al ser, esos poemas, temáticamente “políticos” no puede no abrigar esperanzas frente a un enemigo tan inmenso como es el “imperialismo yanqui”.
Aquí aparecerá el tema cubano, el Che. Viajará a Cuba a dar la conferencia sobre métrica y ritmo, sobre Darío. Allí le editaran una antología “Nocturnos del pobre amor” donde se reúnen poemas de estos cuatros libros nombrados.
Viajó a España, a Méjico, a Perú, a EEUU y a Alemania, también a París. En todos esos lugares fue publicando selecciones de sus libros, traducidos en el caso que la lengua del país lo requiera.
Su labor de traductora que –junto a su tarea de profesora en los Colegios, Liceos e Institutos de Montevideo– la acompañó toda su vida y le permitió engrosar sus ingresos para sumar a la jubilación docente.
Tradujo a Shakespeare para Losada de Buenos Aires, y a William Hudson para una editorial montevideana.
Su lucha fue la lucha de una mujer íntegra, inteligente y honesta.
Todavía no somos conscientes de la pérdida que tuvo América entre sus artistas, todavía no tomamos conciencia de esta pérdida que nos torna miserables, nos deja a la intemperie porque su grandeza es imposible de reemplazar.
Ella había escrito con esa certeza imborrable: “Un poema es un franco hecho sonoro –sonidos, timbres, estructuras, ritmos–. O no es”.
Deberían leerlo y entenderlo y aplicarlo todos los desvergonzados e ignorantes que pueblan el espectro de la poesía que se escribe hoy en estas tierras. Salvo alguna solitaria excepción.
Deberían tal vez leer este poema: “que puedo decir/ ya/que no haya sido dicho.
Qué puede decir nadie/que no haya/sido dicho/cantado escrito/antes/ a callar/a callarse”
En algún momento quise tentarla para que participara en el Festival Internacional de Poesía que se realiza en nuestra ciudad desde hace quince años.
“Guardo en alguna parte –me dice– una generosa nota suya aparecida hace tiempo en alguna revista ¿cómo es que no tengo un libro suyo?
Lo siento pero no creo que vaya a Rosario ni a ninguna parte.(…)
Pero siempre quise ir a Rosario. Todo lo que sé que de allí me gusta. Tengo la idea de que nos parecemos; y además se consigue allí un jazmín que es mi perfume y que ya no se consigue en ninguna parte del Mundo”.
Con su muerte la poesía del Continente pierde a una de sus figuras más importantes, parafraseando a Borges puedo decir que desde el martes 28 de abril de 2009 “somos más pobres”.
Yo agregaría sin vacilar: infinitamente más pobres.

* Jorge Isaías es poeta, narrador y periodista. Su último libro es Almacén Las Colonias, Universidad del Litoral, 2009. Reside en Rosario.

Dos poemas de Idea Vilariño:

Los orientales

De todas partes vienen,
sangre y coraje,
para salvar su suelo
los orientales;
vienen de las cuchillas
con lanza y sable,
entre las hierbas brotan
los orientales;
salen de los poblados,
del monte salen,
en cada esquina esperan
los orientales.

Porque dejaron sus vidas,
sus amigos y sus bienes,
porque es más querida
la libertad que no tienen,
porque es ajena la tierra
y la libertad ajena
y porque siempre los pueblos
saben romper sus cadenas.

Eran diez, eran veinte,
eran cincuenta,
eran mil, eran miles,
ya no se cuentan;
rebeldes y valientes
se van marchando,
las cosas que más quieren
abandonando.

Como un viento que arrasa
van arrasando,
como un agua que limpia
vienen limpiando.

Porque dejaron sus vidas,
sus amigos y sus bienes,
porque les es más querida
la libertad que no tienen;
porque es ajena la tierra
y la libertad ajena
y porque siempre los pueblos
saben romper sus cadenas.


Con los brazos atados a la espalda

Con los brazos atados a la espalda
un hombre
un hombre feo y joven
un rostro algo vacío
con los brazos atados a la espalda
lo hundían en el agua de aquél río
—un rato nada más
lo estaban torturando
no matándolo—
con los brazos atados a la espalda.
No hablaba y lo pateaban en el vientre
con los brazos atados lo pateaban
le pateaban el vientre los testículos
se arrollaba en el suelo
lo pateaban.
Ahora mismo
hoy
lo están pateando.

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