16.10.09

Los intelectuales y la crisis (del N° 32)

Panel de La Marea la 35ª Feria Internacional del Libro

La cultura y los intelectuales ante la crisis

Con este título La Marea organizó nuevamente en la Feria del Libro un panel para presentar su número 31, dedicado a “La Cultura ante la crisis”. La mesa fue coordinada por Ana Pampliega de Quiroga, directora de la 1ª Escuela de Psicología Social. Participaron el escritor Adolfo Colombres, el artista plástico Eduardo Iglesias Brickles y la historiadora Cristina Mateu, secretaria de redacción de la revista. Reproducimos aquí una síntesis desus intervenciones.

Ana Quiroga señaló que ante los distintos hechos culturales La Marea alberga reflexiones y análisis sobre lo que se denomina situación de crisis. “Esta Feria ha sido escenario muchas veces de dichos análisis. De qué nos habla este hecho de insistir en el tema de la crisis, nos habla de la persistencia de la problemática de la crisis en diversos planos de la vida social, política, ecológica y el impacto subjetivo que esos matices en forma de crisis generan. Esta persistencia de la situación de crisis y del impacto subjetivo es el motivo de mi presencia aquí como coordinadora de la mesa, porque hace ya más de 20 años que se me impuso –no es que lo busqué– como objeto de investigación y campo de acción este complejo acontecer que denominamos crisis. Complejidad que desde mi disciplina, la psicología social, he abordado desde la búsqueda de cuáles son los nexos que existen entre las relaciones sociales, los procesos de crisis y la subjetividad; nexo que hemos enfocado desde la perspectiva de la salud mental.
“En todo momento de explosión o intensificación de la situación de crisis, como la que se da hoy en una dimensión verdaderamente sobrecogedora, ese movimiento acelerado configura un quiebre de nuestra cotidianeidad, pero a la vez no sólo la activa sino que le da forma, porque se instala en esa cotidianeidad, la configura, y va otorgando una nueva calidad a nuestra experiencia. Y hoy, como hace 20 años, nos encontramos con una paradoja, el término crisis ha designado históricamente ruptura, discontinuidad, intensificación de contradicciones, desestructuración más o menos brusca de lo previo. Y a la vez lo nuevo, lo que podría estar surgiendo, es inestructurado, no visible, no identificable, cuando no caótico. Y todo esto implica pérdida y ausencia de referentes; quizás por ese vacío, por la intensidad y magnitud que tiene el acontecer de la crisis, esta parece haberse transformado en el plano de las representaciones sociales y del discurso en un referente universal, omnipresente y abstracto. Se ha convertido así en “la” crisis, aquello de lo que oímos hablar muchas veces por día. Y con un matiz: la crisis pareciera ser aquello que todo lo justifica y todo lo explica.
Con esta presencia y esta caracterización, el riesgo es naturalizar la crisis y que sus especificidades y sus causas se oscurezcan aún más, cayendo en una encubridora y alienante familiaridad. Esa familiaridad es antagónica con la posibilidad de tomar conciencia de la crisis e intentar resolverla. Este vaciamiento de sentido obtura el que nos interroguemos sobre ella con suficiente insistencia y profundidad, buscando desnudar sus causas, sus múltiples dimensiones y desde allí las posibilidades y formas de enfrentarla.
Sentimos la crisis en nuestro cuerpo, en nuestra angustia, en nuestra incertidumbre de la vivencia y del quiebre, en la imposibilidad o ausencia de proyecto, en los daños de nuestro sistema inmunológico, de nuestro hábitat, en nuestro vínculos, de nuestra visión del mundo. Nos pasa todo esto pero no la indagamos con suficiente rigurosidad. Es tarea de los intelectuales hoy la elucidación de la forma de esta crisis. Es imprescindible definir si se trata de la crisis de un modelo -el neoliberal, como lo admiten y lo sostienen los que ayer fueron gestores de ese modelo, y hoy se tornan sus críticos-, o si va más allá y es la crisis de un sistema.
En este camino nos interrogamos también si es legítimo llamar –como permanentemente se hace– crisis global a lo que homogeneiza la diversidad de procesos que hoy conmueven a pueblos y naciones, o por el contrario es necesario ahondar en las investigaciones de especificidades con que esta crisis –de dimensión mundial, no “global”- golpea a distintos países y a sus diferentes sectores sociales. Sin duda la construcción de este saber no es tarea de elite, es tarea de los intelectuales aunque no de una elite encriptada en códigos que favorecen esa naturalización de la que hablábamos. Producir este conocimiento acerca de la crisis, sus causas y sus modalidades de enfrentarla implica que como intelectuales nos articulemos con los sectores populares, que tanto saben de transitar distintas crisis, fusionándonos con ellos en la elaboración y realización de un proyecto que transforme el dolor, la indignación y la desesperanza en un camino en el que el acelerado movimiento de la crisis abra posibilidades a un auténtico proceso de cambio revolucionario.

Adolfo Colombres se refirió a la reiterada afirmación de que el capitalismo está acabando con la humanidad y el planeta. Esta crisis –dijo– no es solamente económica sino sistémica. Sostuvo que Estados Unidos –país que generó casi todos los modelos que llevaron al desastre– no quiere cambiar nada, solamente hacer pequeños retoques: “Con once mil millones de dólares se podría eliminar en breve el hambre de 800 millones de hambrientos en el mundo. Sin embargo, EEUU los destina a sostener los bancos y a continuar la ronda de consumo. La salida que imagina a esta crisis sigue siendo el consumo, no se da cuenta que esto está tragando la cultura. La cuestión no se resuelve con nuevas inyecciones fiscales. Cálculos recientes demuestran la inviabilidad de este sistema en el que cada año se consume un tercio más de lo que el planeta puede regenerar. Este nivel acelerado de pérdida es una fórmula suicida (…) la cultura tiene que dejar sus viejos cuarteles y salir a defender el planeta”.
Colombres citó “Los diez mandamientos para salvar al planeta, la humanidad y la vida”, documento en el cual el presidente boliviano Evo Morales plantea como primer mandamiento acabar con el capitalismo: “no lo dice desde la lógica del comunismo, sino con la lógica indígena y de un sistema al que los pueblos de nuestra América quieren volver”. Siguiendo a Evo Morales dijo: “es la lógica del capitalismo la que está destrozando el planeta, es la ganancia, es la lógica de las empresas trasnacionales a las que sólo les importa aumentar la utilidad y bajar los costos, es la lógica del consumo sin fin, de la guerra como instrumento para adueñarse del mercado y los recursos naturales, no importa si para conseguir más mercados y más ganancias se tiene que destruir los bosques, explotar y despedir trabajadores…, para el capitalismo no hay ningún objeto sagrado digno de respeto. En manos del capitalismo todo se convierte en mercancía: el agua, la tierra, el genoma humano, las culturas ancestrales, la justicia, la ética, la muerte, la vida misma, todo absolutamente todo se vende y se compra y hasta es posible, como está ocurriendo, que el propio cambio climático termine convirtiéndose en mercancía”.
Colombres aseguró que esta época, llamada “era del vacío”, tiene su epicentro en esa catedral moderna que es el “shopping center”, donde se universalizan todos los valores de la burguesía, “son centros de reproducción de la dominación simbólica, erigidos como lugar de la nueva colonización. Se coloniza también la percepción y la sensibilidad. La gente no siente lo propio, su sentimiento se articula en base a cosas ajenas, secundarias, y en esto también intervienen los medios. Hay una colonización de la mentalidad que pasa por la inhibición o destrucción de la propia personalidad. Toda cultura establece su ideología de valores; no hay nada racional o irracional por sí, todo funciona de acuerdo a una escala de valores. Cuando en el capitalismo se habla de ‘racionalizar’ una empresa (por ejemplo, Somisa), significa que van a echar a miles de personas a la calle. Este concepto de ‘racionalizar’ está dando a entender que hay una jerarquía de valores en la cual la rentabilidad y el capital importan más que miles de personas”.
Otro tema planteado por Colombres fue la destrucción del espacio. “Por ejemplo, con la generalización de cultivos de soja, que se podría analizar desde diversos puntos de vista: económico, social, cultural, ecológico, sanitario... Genera un dinero sucio hecho con la destrucción del medio ambiente. Toda cultura regula la relación entre los hombres y el espacio, le imprime sentido. Un árbol es signo de referencia, tiene una historia, así como el pozo de agua o la casa. En el campo, hay referencias que dan sentido al lugar, la gente va acumulando sentido. La soja los arrasa, elimina pozos, árboles…; la fumigación mata otros sembradíos vecinos y el campesino debe que irse. Un millón y medio de hectáreas en el último tiempo en Salta. 500 mil hectáreas en un solo año en Santiago del Estero, y en Chaco otras 500 mil. En Tucumán que no había soja, en diez años ésta pasó a ser el 60% y el llamado ‘Jardín de la República’ se está convirtiendo en un sojal. Este última conflicto por las retenciones parece demencial, porque es un dinero que no alcanza siquiera para alimentar a los desplazados por la soja. Hay dos tipos de desplazados en este sistema de agricultura capitalista. está el pequeño propietario, que antes trabajaba de sol a sol, lo que daba sentido a su vida, y ahora alquila su campo por una suma elevada y se queda en el pueblo tomando café; se hace un ser inútil y rentista. Y está la verdadera víctima: el peón; para qué lo necesitan si todas las fases de ese proceso son hechas por empresas que trabajan con grandes máquinas… ¿Quién habla de esta destrucción cultural y social?”.

Cristina Mateu recordó que La Marea dedicó distintos números al tema de la crisis. “Esto genera dos impresiones –dijo–, que siempre estamos en crisis y que los argentinos somos especialistas en crisis y podemos sortearlas. Los medios de comunicación, nacionales e internacionales, contribuyeron con estas ideas al difundir encuestas que señalaban que los norteamericanos tendrían más dificultades para enfrentar la crisis que los latinoamericanos. Así se naturalizan las crisis. Estas ideas que circulan aparentemente de forma ingenua, tienen un trasfondo político y económico que nace de los que detentan el poder y son los principales causantes de la crisis. El objetivo es negar, tergiversar las causas de la crisis. Frente a los primeros signos crisis se dice: ‘no es crisis, es sólo una sensación’. Luego, cuando las condiciones objetivas son evidentes y no queda sino reconocerlas, se buscan causantes puntuales y externos. Por ejemplo, en el periodo 1998-2001, la crisis fue ‘asiática, brasileña, mexicana, argentina’…, producto de malos manejos de los gobiernos. Aunque esa era una parte de la verdad, nunca se conectaba la crisis con sus causas y vínculos más generales, y un análisis en el que se aíslan factores, no permite conocer las verdaderas causas.
“Una vez que las clases dominantes y los grupos dirigentes reconocen la crisis, sostienen que se resuelve ‘de una sola manera’. Siempre se resuelve salvando a los grandes capitales causantes de la misma, habilitándolos para concentrar y centralizar más el capital. Es decir, dándoles más poder para reestablecer su funcionamiento. No se los obliga a mantener el trabajo, reducir su tasa de ganancia, aumentar los salarios, ni se confisca por sus estafas. Se dice popularmente que así privatizan las ganancias y socializan las pérdidas. Hasta ahora los planes ‘salvadores’ tienen como objetivo salvar a los grandes capitales. Este mecanismo naturaliza las crisis, no permite conocer su origen, no permite compararla e identificar sus particularidades históricas, dimensionar sus rasgos particulares y generales. La crisis resulta así amorfa, un peso que a todos los cae por igual. Si las crisis las sufren todos por igual, por qué se salvan algunos y otros no. Si verificamos cómo sufre la crisis Bill Gates en EEUU y cómo un desocupado del Bronx, o cómo la sufren en Argentina Macri, Eurnekian y un originario del Chaco infectado por el dengue, comprobaremos que las crisis no las sufren por igual las personas ni los países. Si los argentinos estamos acostumbrados a sufrir la crisis, ¿nos deberíamos acostumbrar a que mueran niños por hambre, a sufrir enfermedades de la pobreza que habían sido erradicadas, a tener miles de desocupados?
“Ciertos comentarios ocultan que el mundo es desigual y que, como sucedió en otras oportunidades, las consecuencias de la crisis generadas en los grandes centros de poder económico de los países imperialistas recaen sobre los países dependientes y sobre los pueblos oprimidos. Tratan de negar la experiencia histórica así como las teorías que han investigado y definido el carácter de las crisis del sistema capitalista. Una de esas características intrínsecas a su carácter es que el capitalismo multiplica una producción en forma irracional para acrecentar la ganancia de un puñado de capitales monopólicos, mientras que millones trabajan en jornadas oprobiosas con salarios miserables que no les permiten comprar siquiera una parte de los alimentos necesarios para sobrevivir. Esto es palpable en la China actual, con trabajadores que ganan un dólar por jornada produciendo las mercancías que inundan el mundo pero que ellos no pueden comprar, ni logran sobrevivir con su magro salario. En los Estados Unidos se salvan los bancos mientras quedan en la calle aquellos pequeños propietarios y ahorristas que creyeron y sostuvieron el ‘sueño americano’. Otra de las formas palpables del sistema capitalista imperialista en el mundo, que genera estas desigualdades, son las inversiones extranjeras, que los argentinos conocemos por cómo succionan riquezas y nos sumergen en el endeudamiento.
“Las crisis se reproducen y esto obliga los intelectuales a pensar desde qué lugar nos ubicamos para entenderla. Los países imperialistas y las clases dominantes de los países dependientes y semi-coloniales utilizan gran parte de la cultura y de los intelectuales como instrumentos de engaño para ocultar la verdad, necesitan de la mentira para ocultan las causas de la crisis y sostener su dominación. A la vez, los pueblos y las naciones oprimidas necesitamos conocer la verdad para liberarnos de ese peso y conocer las verdaderas raíces de nuestra opresión. Por eso es necesario que los intelectuales busquemos la verdad, tratemos de difundirla y garantizarla. Intelectuales como Berni, Tuñón, Discépolo, Scalabrini Ortiz, médicos como Carrillo y Mazza vivieron situaciones de crisis y guerras, fueron intelectuales que sostuvieron en esa realidad un punto de vista antiimperialista y popular, pudieron ubicarse activamente desde esa posición y pensar como parte de los pueblos oprimidos.
“La producción activa de la cultura por la verdad nunca es producto de un sujeto aislado, es un producto social. En las épocas de crisis los intelectuales vemos la necesidad de una producción con otros, para otros, en relación colectiva. Desde el campo popular, los intelectuales tienen un rol fundamental porque la ideología dominante intenta reproducir las condiciones de explotación a través de la cultura, y tienen enormes medios económicos para imponer su discurso. Frente a estas condiciones que impone el gran capital se necesitan muchísimos intelectuales que desde la perspectiva popular y antiimperialista busquen descubrir la verdad. Se necesita muchísima producción cultural antihegemónica para poder contrarrestar el mensaje e ideología de las clases dominantes.

Eduardo Iglesias Brickles se refirió a que, en muchos aspectos, “el pequeño mundo del arte es muy parecido a lo que sucede en el resto del mundo, sobre todo en aquello que se relaciona con la economía. El arte ha sido pretendidamente globalizado también. Eso lo empezamos a notar a partir de los noventa; se habló de arte globalizado y aparecieron bienales por todas partes. Con la bienal también llegó una manera de hacer plástica, o mejor dicho, como se dice a partir de los noventa, las artes visuales. Porque ahora se engloba una cantidad de otras cosas que exceden las artes plásticas. Hay cierta manera de hacer plástica que tiene mucho que ver con las bienales. Con éstas lo que se busca es racionalizar el mensaje, existe una estética de las bienales y todas apuntan a esa estética. La cultura de los noventa convirtió a los coleccionistas privados en galeristas o en directores de museos. Como es el caso de Constantini, un señor de las finanzas que empezó a comprar cuadros y finalmente fundó un museo, el MALBA. La ideología visual de ese museo coincide con el de las bienales. En ese aspecto es bastante parecido a lo que contaba Adolfo respecto a la depredación que produce el neocapitalismo con respecto a la naturaleza. Se trata de que todos veamos y gustemos las mismas cosas, nos entendamos con las mismas palabras, una especie de esperanto universal en el cual todos hacemos lo mismo y tenemos las mismas mañas. O sea que el mundo es muy aburrido.
“Alrededor de 1990, se agudizó el carácter de mercancía de la obra de arte que impuso el capitalismo. Hace poco, La Nación difundió una noticia referida a Lawrence Salander, un anticuario que en 1994 abrió su primera galería en Nueva Cork. Este señor se hizo famoso en esa ciudad porque se transformó en una especie de defensor del Arte ‘con mayúsculas’. El Arte con mayúsculas eran para él los grandes maestros del renacimiento, del barroco, y hasta algunos grandes maestros del siglo XX. Según él, no podía ser que un pintor que tiraba cuatro trazos en una tela pudiera valer más que un maestro que había dedicado su vida a hacer una obra. Nadie podría estar en desacuerdo con eso… Este hombre se transformó en una especie de justiciero de ese Arte con mayúsculas. Para valorizar a los grandes maestros cuyas obras, según él, estaban por debajo del precio que debían tener, propuso emitir acciones para comprar algunos cuadros y después venderlos mediante una buena campaña publicitaria. Por supuesto, aparecieron muchos interesados en el negocio, grandes coleccionistas, galeristas, el Bank of América, millonarios, fundaciones dedicadas a la recuperación del arte del renacimiento, etc. Pero resultó una estafa. El sistema que utilizó Salander es el mismo que practicó Bernard Madoff en sus estafas financieras. En realidad lo de Salander es la punta del iceberg, todo este sistema está apoyado por una cantidad de otras cosas. Grandes empresas que crean fundaciones con las que subsidian artistas. El arte como una forma de inversión, no por el gusto de la obra; todos sabemos que quien compró hace más de 20 años el Van Gogh de los girasoles lo tiene guardado en una caja fuerte, en un sótano. Y muchas de esas inversiones astronómicas funcionan así, porque quién puede tener colgado un cuadro que vale 130 millones de dólares. Todo esto tiene que ver con un sistema de consumo globalizado en el cual ciertas cosas alcanzan un valor astronómico no por su valor intrínseco, sino porque sí…, así funciona este sistema.
“Pero esta situación de crisis tiene una parte positiva. que está relacionada con la creatividad. En épocas de crisis también se hacen grandes obras. ¿Dónde estaría el collage sin la Primera Guerra Mundial, por ejemplo? Picasso no hubiera inventado el collage pegando diarios y esterillas si no hubiera sido por la escasez de materiales. Estas limitaciones hacen que se utilice más el talento y el cerebro para poder sacar algo adelante”.

No hay comentarios: