16.10.09

El Che y la cultura (del N° 29)

por Jorge Brega

Intervención en el seminario “Historia y presente del Che” (1)

A cuarenta años de su asesinato, como en cada aniversario, la figura del Che vuelve a ponerse a foco y en debate. Estos apuntes, resultantes de una charla ante estudiantes universitarios platenses, son una aproximación al pensamiento y la actitud de Ernesto Guevara respecto de temas culturales como el arte, la literatura, el estudio o la relación entre el individuo y la sociedad.

No sólo fue un gran intelectual sino el ser humano más completo de nuestra época. / Jean Paul Sartre

Estaba pensando que ustedes tienen la edad que el Che tenía cuando realizó sus primeros viajes por Argentina y América latina. Viajes durante los cuales se da el proceso por el cual él se convertirá en el revolucionario que fue después. Es un período muy interesante de analizar, casi podríamos decir por separado del período cubano, para el cual aquél fue determinante.
Resulta difícil hablar del Che porque es una figura con muy diversas facetas y de una gran significación histórica, política, cultural. Hablamos de un mito y de un héroe. Bertolt Brecht decía “ay de los pueblos que necesitan de sus héroes”. Entiendo la frase en el sentido de que si se necesita de ellos, es porque el conjunto no se vale aún por sí mismo y requerimos de figuras que sobresalen del común para impulsarnos y servirnos de guía. Sin embargo, como héroe el Che es uno de los primeros “anti-héroes” de América latina. Aun siendo un líder notorio, es alguien que aspira a fundirse con la masa. Cuestionaba permanentemente su lugar destacado, lo que no sólo es visible en su conducta de firmar simplemente con su apodo los billetes de dinero emitidos mientras fue presidente del Banco Nacional de Cuba... Más adelante volveremos sobre este aspecto, porque está vinculado a su concepción de la relación del individuo y lo colectivo en la sociedad.

La lectura y el estudio
Producto de la familia de la que provenía, y también de su enfermedad que lo postraba de continuo, el Che fue desde niño un gran lector. Su madre fue una persona que indujo siempre a sus hijos al estudio. Ella fue quien le enseñó el francés, por ejemplo, y él mismo lo enseñó a sus hombres –entre otras materias– en los momentos de descanso durante las campañas militares. Insólito, pero esto habla de lo que toda su vida había hecho: inculcar la actitud permanente hacia el estudio. La alfabetización general, de la que él fue uno de los principales impulsores después de la toma del poder, sentó las bases para que Cuba sea lo que es hoy en el plano de la educación. Él la practicaba en las durísimas condiciones de la lucha en la Sierra Maestra; prácticamente obligaba a concurrir a las clases que él mismo daba, porque la mayoría de los hombres que combatían bajo su mando eran campesinos analfabetos. Esta fue una preocupación y también una autoexigencia a lo largo de su vida.
Desde chico, como dijimos, fue importante esa característica de su familia y también su propia enfermedad, el asma, una cruz a que cargó siempre y hace increíble que haya combatido con esa condición, porque había momentos que sus compañeros tenían que ayudarlo, sacarlo de situaciones de peligro porque no podía ni caminar. En su infancia pasaba horas tirado en la cama luego de los ataques, y esos momentos los aprovechaba para leer. Leyó toda su vida. Hay muchas fotografías donde se lo ve leyendo en distintos períodos, tanto de la guerra revolucionaria en Cuba como en África y aun en Bolivia, donde se lo puede ver con un libro subido a la copa de un árbol. Y la lectura lo llevó a la escritura…, bueno, al menos resulta difícil pensar que alguien sea escritor sin antes ser un lector atento.
Todos los testimonios sobre su época de mochilero hablan también de su calidad de lector. Los amigos que hizo en Guatemala (entre ellos los primeros cubanos fidelistas que conoce), en los días en que Jacobo Arbenz cae derrocado por los norteamericanos, recuerdan que sus temas de conversación “eran la poesía y la política”. Por entonces venía de recibirse de médico en Buenos Aires. Como estudiante tuvo una gran capacidad. En medio de la carrera, en 1952, realiza su primer viaje latinoamericano, del que regresa con la idea de recibirse rápido para seguir viajando. Le falta la mitad de las materias para recibirse y las da en menos de un año, en “una auténtica proeza sin parangón en la historia de la carrera médica argentina”. (2) Esto habla de otra constante en su vida, la auto disciplina, la perseverancia para cumplir los objetivos que se hubiese propuesto.
Quiere recibirse rápido porque había hecho contactos para trabajar en el leprosario peruano de San Pablo, en el cual había colaborado en su viaje reciente. Aunque aún no estaba definido como el revolucionario que sería después, ya tenía objetivos relacionados con la realidad latinoamericana, con su pobreza, que él no había conocido en tales extremos antes de sus viajes. Si bien ya tenía decidido embarcarse en alguna causa revolucionaria, no sabía cómo. En una carta escrita en 1953 dice: “he jurado ante un retrato del viejo y llorado camarada Stalin, que no descansaré hasta ver su aniquilación” (se refiere a “los pulpos capitalistas”, como los llama, que había visto actuar en la explotación de los obreros de la fruta en Centro América, en las famosas “repúblicas bananeras” dominadas por la United Fruit) y agrega: “En Guatemala me perfeccionaré y conseguiré lo que necesito para ser un auténtico revolucionario”.
En la Argentina no había tenido militancia política. Tenía vínculos con compañeros de estudio que eran comunistas (al igual que algunos de sus familiares y amigos), y que lo habían introducido a las lecturas del marxismo, pero no tenía una pertenencia orgánica. De modo que él partía un poco a la aventura; ni siquiera sabía en qué país del mundo iba a recalar finalmente. Por eso es importante ver que su formación política e ideológica está asentada en esa autoexigencia suya hacia el estudio y el conocimiento. Practicaba por propia iniciativa la recomendación de Mao Tsetung de ser “insaciable en el conocimiento e incansable en la enseñanza”, consejo que él practicó en ambos sentidos.
Esa voluntad suya de autoformación es un modelo a seguir, sobre todo por eso que él dice acerca de que el peso del sistema nos lleva a reproducir las ideas dominantes aunque no nos demos cuenta.
No hace mucho visitó la Argentina Armando Hart, dirigente cubano de lo que ellos llamaban “el llano”, es decir el escenario de lucha en las ciudades, y que después fue Ministro de Cultura. Hart afirmó aquí (3) que “el Che cuando llegó a Cuba ya era un comunista formado”. No es tan seguro que fuese así, porque el mismo Guevara dijo después que se había terminado de formar en la propia práctica de la lucha revolucionaria, pero de todos modos sí lo era en el sentido de que sus lecturas lo habían llevado a una apropiación de la teoría marxista, de la que fue en Cuba el principal impulsor.
Justamente, Hart dice que tenían discusiones con él porque muchos de ellos, en particular los dirigentes del Movimiento 26 de Julio que actuaban en las ciudades, no eran comunistas. Si bien el Che era muy cuidadoso en sus discusiones con ellos porque tenía el prurito de ser extranjero, mantenía su estilo de sostener con firmeza sus convicciones, de discutir y hacer críticas en toda circunstancia.
El mejor ejemplo de esto es la anécdota sucedida durante su primera estadía en Lima con su amigo Alberto Granado, cuando Hugo Pesce, el profesor y médico leprólogo que los alberga, les da leer el manuscrito de una novela suya. Luego, durante una cena, el profesor les pide a ambos una opinión. Granado hace un comentario elogioso de compromiso y el Che permanece callado. El profesor insiste en forma reiterada hasta que finalmente el Che responde y le hace a la novela una crítica durísima: primero trató de zafar, pero viéndose obligado a dar una opinión, no especuló con que el autor era quien les daba albergue y quien les permitía visitar el leprosario… Cuando tenía una opinión no podía ocultarla. Incluso respecto de personas a quien él admiraba, como este médico comunista a quien unos años después le dedicará su libro La guerra de guerrillas: “Al doctor Hugo Pesce, quien tal vez sin saberlo provocó un gran cambio en mi actitud hacia la vida y la sociedad…”.
Hart cuenta que al principio el Che los criticaba a ellos por anti-soviéticos, pero que después de conocer la URSS él fue más anti-soviético que ellos, quienes, a la inversa, habían pasado a ser prosoviéticos. Es decir que al tiempo que fue uno de los impulsores del camino socialista en Cuba y de la convergencia con el socialismo que se estaba construyendo en otros países, fue el primero en comprender el rumbo revisionista que se daba en la URSS y en hacer críticas públicas, como la de su célebre discurso de Argel, que lo llevan a rupturas mayores y lo obligan poco después a renunciar a sus cargos y salir de Cuba.

La escritura
Decíamos que su afán por la lectura (4) tenía mucho que ver con su propia escritura. El Che es un excelente narrador. También incursionó en la poesía, aunque sin los mismos logros, y su implacable autocrítica rechazó los intentos de difusión realizados por algunos amigos. En sus relatos de la guerra revolucionaria, y en otros, se ve en él a un narrador formado muy conscientemente. No es un improvisado ni alguien que tome la escritura a la ligera. Cuando está en México, recién llegado, sin saber todavía cuál será su destino, le escribe a su madre: “este mes he tenido una producción literaria muy baja”. Es decir que tenía una intención, no digamos profesional, pero sí seria y consciente de lo que significa escribir; era algo de su principal interés y que practicaba con rigor.
En su ensayo “El efecto de lo real” Roland Barthes analiza muy bien el hecho que la literatura, a diferencia de géneros funcionales como el jurídico o el político, suele incluir notaciones que no están directamente relacionadas al argumento narrativo central, descripciones que pueden parecer superfluas respecto de esa trama principal, pero que tienden a crear una atmósfera, o simplemente cumplen una función sinbólica o estética. Hacen a lo específico literario. Quiero leerles algo de Guevara que puede ser un ejemplo de esto. En Pasajes de la guerra revolucionaria él introduce diversas anécdotas que van más allá del curso de la guerra en sí. En una de ellas cuenta que durante una marcha en la Sierra, un perro pequeño los sigue. Deben marchar en silencio para que el enemigo no los detecte, pero el cachorro ladra continuamente y no logran callarlo ni hacerlo volver. Como es imposible continuar en esa situación, deciden sacrificarlo. Guevara narra en detalle cómo lo hacen, lo cual en sí es un hecho literario, pero sobre todo lo es el párrafo con que va a finalizar el resumen de esa jornada de marcha. Después de la muerte del cachorro el relato continúa con su asunto central, pero él retoma la anécdota más adelante. Escribe:
No sé si fue la tonada sentimental o la oscuridad de la noche o simplemente el cansancio. Lo que pasó fue que Félix [el encargado de ahorcar al cahorro] que comía sentado en el piso, dejó caer un hueso, y un perro doméstico salió tímidamente y lo tomó. Félix le acarició la cabeza y el perro lo miró. Félix le devolvió la mirada y él y yo cambiamos una mirada culpable. Bruscamente se hizo silencio. Nos atrapó un estremecimiento imperceptible ya que la mirada tímida aunque pícara del perro parecía transmitir una suerte de reproche. En nuestra presencia, aunque mirándonos a través de los ojos de otro perro, estaba el cachorro asesinado”.
Es realmente el remate de un cuento, por eso pienso que lo literario en él excede lo meramente político, o lo meramente didáctico de la experiencia.
El Che llevaba siempre literatura consigo textos marxistas, de economía, historia, novelas, poesía, biografías, teatro, etc. Lo primero que pide en Cuba a quienes abastecían a los rebeldes, son libros. En plena guerrilla boliviana, en peor situación aún que en la Sierra Maestra, no solamente daba clases de idiomas y de economía, sino que leía y escribía permanentemente (en el campamento de Ñacahuasú llegó a tener más de cien volúmenes). Recordemos que no sólo escribió el diario de Bolivia sino el de cada uno de sus viajes anteriores, desde el primero en bicicleta por la Argentina hasta el de su estadía en el Congo. Además del Diario, sus captores bolivianos hallaron en su mochila un cuaderno (5) donde había trascripto, aparentemente de memoria, poemas de distintos autores de su preferencia, entre ellos León Felipe, a quien admiraba desde muy joven y tuvo la alegría de conocer en México y de trabar amistad. ¿En qué momentos se habrá sentado, recordado y anotado esos poemas? Es difícil de imaginar.
Sus referentes literarios son para él tan entrañables (6) que hasta en los momentos de mayor angustia o peligro le vienen a la mente. Varias veces, al imaginar su propia muerte, hace citas literarias. Por ejemplo en México, sabiendo ya que se iba para Cuba, le escribe a su madre que si le toca caer allí, “no consideraría mi muerte una frustración, sino, como Hikmet, «sólo llevaré a la tumba la pena de una canción inconclusa»”.
Lo mismo hace a poco de desembarcar del Granma, que es un desembarco desastroso y el destacamento guerrillero es diezmado: “Más que un desembarco fue un naufragio”, dirá después. Ese desastre decide su destino, porque él, que iba como médico de la expedición –a regañadientes, pero iba como médico–, en medio del desastre del primer combate en Alegría del Pío se ve ante la opción de continuar cargando el botiquín o alzar una caja de municiones que uno de sus camaradas abandonó en medio del desbande. Ante la imposibilidad de cargar ambas cosas, opta por abandonar el botiquín. Ahí decide lo que va a ser. Al poco rato cae herido, y al creer que está agonizando evoca otra imagen literaria. Más tarde lo recordará así:
Inmediatamente me puse a pensar en la mejor manera de morir en ese minuto que parecía todo perdido. Recordé un viejo cuento de Jack London donde el protagonista, apoyado en un tronco de árbol, se dispone a acabar con dignidad su vida al saberse condenado a muerte por congelación en las zonas heladas de Alaska”. [Se trata del cuento “Encender un fuego”.]
Otro arte en que el Che fue muy consciente de su oficio es la fotografía. Fue fotógrafo aficionado hasta el fin de su vida y además se desempeñó en forma profesional durante su estadía en México. Allí trabajó para la agencia oficial argentina de noticias que había creado Perón con el fin de contrarrestar a las agencias norteamericanas. Sus fotografías han sido muy valoradas y se han realizado exposiciones de las mismas en varios países del mundo. Al estar siempre rodeado de periodistas durante sus apariciones públicas, era común verlo conversar con los fotógrafos, siempre interesado en los tipos de cámaras y películas que utilizaban. En su libro Los que luchan y los que lloran (primer reportaje a los rebeldes cubanos), Jorge Ricardo Masseti recuerda que cuando el comandante argentino llegó a su encuentro, “le colgaba de la cintura una canana de cuero colmada de cargadores y una pistola. De los bolsillos de la camisa asomaban dos magazines, del cuello colgaba una cámara de fotos”…

El arte
En “El socialismo y el hombre en Cuba” Guevara aborda el tema de la producción artística antes y durante la construcción del socialismo. Cuando se refiere al arte bajo el socialismo, no sólo objeta a quienes confunden libertad de creación con escapismo idealista, también la emprende con el llamado “realismo socialista”. Opina que éste partía de un reflejo esquemático de la realidad.
En la URSS partía, además, de la idea de que el socialismo había llegado a una etapa de cierta meseta, llamémosle así, cierta ausencia de contradicciones y de conflictos importantes, y que la lucha de clases prácticamente se había extinguido. Era en verdad una fantasía acerca de cómo debía ser y no cómo era la realidad. El Che critica este concepto: “En países que pasaron por un proceso similar se pretendió combatir estas tendencias [de fuga idealista] con un dogmatismo exagerado. La cultura general se convirtió casi en un tabú y se proclamó el summum de la aspiración cultural, una representación formalmente exacta de la naturaleza, convirtiéndose ésta, luego, en una representación mecánica de la realidad social que se quería hacer ver; la sociedad ideal, casi sin conflictos ni contradicciones, que se buscaba crear”.
El realismo socialista se basaba en el concepto de realismo impuesto en el siglo XIX, en particular en la novela y la pintura, como formas estratificadas que tendían a repetirse como modelos. El Che decía que incluso aquél realismo mostraba menos de la realidad que el arte llamado decadente: (7) “…el arte realista del siglo XIX, también es de clase, más puramente capitalista, quizás, que este arte decadente del siglo XX, donde se transparenta la angustia del hombre enajenado […] ¿por qué pretender buscar en las formas congeladas del realismo socialista la única receta válida? No se puede oponer al realismo socialista «la libertad», porque ésta no existe todavía, no existirá hasta el completo desarrollo de la sociedad nueva; pero no se pretenda condenar a todas la formas de arte posteriores a la primer mitad del siglo XIX desde el trono pontificio del realismo a ultranza, pues se caería en un error proudhoniano de retorno al pasado, poniéndole camisa de fuerza a la expresión artística del hombre que nace y se construye hoy.”

Los héroes
Guevara no se proponía como un héroe: en todo caso, podía ser un héroe a la altura de todos. / Rodolfo Walsh

Acerca del tema del héroe, o más exactamente de la relación entre lo individual y lo colectivo, el Che ha escrito bastante. Era enemigo de que a él se lo destacara, se lo separara de los demás, sobre todo en el sentido de ciertos privilegios que puede tener un dirigente. Ya desde los primeros días de la Sierra Maestra era muy exigente en este aspecto, se molestaba sobremanera ante esos privilegios aunque fuesen menores, en particular cuando se los ofrecían a él. Hay muchas anécdotas, por ejemplo respecto de la comida, que es siempre un tema central en cualquier situación desventajosa como la de ellos, que pasaban días sin comer. Si al llegar a un villorrio algún campesino amigo les ofrecía comida, era común que le prepararan algo aparte para él, que se enojaba, retaba a sus hombres si lo habían permitido y volcaba su comida en la olla general.
En “El socialismo y el hombre en Cuba” dice que en el período previo a la revolución, el individuo es fundamental, es el centro del mundo, e incluso en el proceso revolucionario previo a la toma del poder (“en el cual solamente existían gérmenes de socialismo”) el individuo era los más importante, se confiaba en alguien “individualizado, específico, con nombre y apellido, y de su capacidad de acción dependía el triunfo o el fracaso del hecho encomendado”.
En pleno proceso revolucionario, en cambio, quien actúa como protagonista central ya no es el individuo sino las masas, y el individuo actúa en relación dialéctica con la masa entendida como lo colectivo, lo social. El individuo es socializado en un proceso por el cual la sociedad ya no tiende a impelerlo a la realización propia individual, una “realización” y eventualmente una acumulación de fortuna que se cumplen a expensas y miseria de muchos. El Che señala que en los EEUU dan como ejemplo de su cultura al hombre hecho a sí mismo, el “self made man”, cuyo exponente máximo podría ser un empresario exitoso como Rockefeller, si es que Rockefeller verdaderamente se hizo a sí mismo, pero aun tomándolo como cierto –dice–, ocultan que para que eso suceda otros miles deben quedar atrás, en la miseria. En cambio en el proceso de la construcción del socialismo –continúa– el objeto está en el interés social, en el conjunto. Y de ahí va al tema de que el socialismo es todavía un período de tránsito hacia el comunismo y siguen operando en él las lacras heredadas del capitalismo: la ley del valor, la mercancía, el salario, etc. Y que por lo tanto esos elementos, aun cuando se esté luchando contra ellos, siguen generando en la conciencia elementos de la ideología idealista, individualista, propia del período de dominio de la burguesía.
En eso coincide en cierto grado con Mao Tsetung, en el sentido de sostener que bajo el socialismo la lucha de clases continúa. Que no necesariamente con la toma del poder del Estado, y que el Estado socialista dirija todo, basta. Que no solamente hay burguesía que pervive, sino que se auto genera durante un determinado período por la propia subsistencia de los elementos capitalistas de la economía, que se reflejan en la conciencia: “Las taras del pasado se trasladan al presente en la conciencia individual y hay que hacer un trabajo continuo para erradicarlas”. Por lo tanto, hay que desplegar la lucha ideológica en el plano de la conciencia. El mero desarrollo de las fuerzas productivas no resolverá el problema de quién va a triunfar sobre quién durante el período de la construcción socialista, y por tanto hay que poner el énfasis en lo que él llama los “estímulos morales”.
Plantea que para desarrollar la producción y para desarrollar un tipo de trabajo que nos libere de la disociación existente entre el trabajo manual y el trabajo intelectual, para alcanzar una unidad plena del hombre en la que ya no esté separada la riqueza espiritual del trabajo llano y simple, hay que dar una batalla específica, y que los estímulos para que surja el hombre nuevo son centralmente estímulos de carácter moral, “sin olvidar una correcta utilización del estímulo material, sobre todo de naturaleza social”. La realización plena se producirá “rotas todas las cadenas de la enajenación […] a través del trabajo liberado y la expresión de su propia condición humana a través de la cultura y el arte”.
Los incentivos de las personas para desarrollarse en su trabajo, en su profesión, no serán centralmente materiales, éstos estarán subordinados a los morales, esto es a la realización de principios relacionados al objeto de la vida, de la sociedad, de la transformación permanente del individuo en su integración colectiva. Esto era algo que a él lo obsesionaba y que ponía en práctica en su relación con los demás. Cuando la Universidad Central de las Villas le da un doctorado honoris causa en diciembre del año ‘59, al inicio de la Revolución, el Che da un discurso de agradecimiento y dice que él no puede aceptar el título en forma individual, que en todo caso lo interpreta como un honor para todos sus compañeros del Ejército Rebelde. Y agrega:
Cómo podría aceptar yo personalmente, a título de Ernesto Guevara, el grado de Doctor Honoris Causa de la Facultad de Pedagogía, si toda la pedagogía que he ejercido ha sido la pedagogía de los campamentos guerreros, de las malas palabras, del ejemplo feroz, y creo que eso no se puede convertir de ninguna manera en una toga; por eso sigo con mi uniforme del Ejército Rebelde. Y a los señores profesores, mis colegas, tengo que decirles algo parecido: hay que pintarse de negro, de mulato, de obrero y de campesino; hay que bajar al pueblo, hay que vibrar con el pueblo, es decir, las necesidades todas de Cuba entera. Cuando esto se logre nadie habrá perdido, todos habremos ganado y Cuba podrá seguir su marcha hacia el futuro con un paso más vigoroso y no tendrá necesidad de incluir en su Claustro a este médico, comandante, presidente de Banco y hoy profesor de pedagogía que se despide de todos.”
El Che fue cercado y asesinado en Bolivia siendo aún joven. No pudo ver realizados todos sus sueños. Y después de su muerte, el socialismo fue derrotado en los países donde había logrado triunfar. Una derrota no implica un fracaso histórico. Después de todo, la sociedad que conocemos lleva muchos siglos desarrollándose. Cambiar los principios que la rigen llevará un largo proceso histórico; Mao Tsetung lo advitió: “pasarán diez mil años y aún habrá revolución”. La historia no ha muerto y la lucha de los pueblos continúa. Llegar a la sociedad a la que el Che y muchos otros aspiramos es un proceso histórico prolongado, en el que siguen siendo necesarios héroes como él. Si Brecht se compadece de los pueblos que aún necesitan héroes, es justamente porque eso muestra que estamos en la prehistoria de la sociedad humana, y sólo hemos atisbado, en las grandes revoluciones proletarias del Siglo XX, una sociedad en la que pudo verse –como Mao ve en su poema– a “los héroes que regresan, en el borroso atardecer, por todos los senderos”.

1. Seminario latinoamericano “Historia y presente del Che” a 75 años de su nacimiento, Universidad Nacional de La Plata, 3 y 4 de octubre de 2003. Panel: “El Che y la cultura”. También integró la mesa el artista plástico Ricardo Cohen, actual vicedecano de la Facultad de Artes de la misma universidad, muy conocido como Rocambole, el seudónimo con que firma sus ilustraciones para los discos y afiches de Los Redonditos de Ricota y otras bandas del rock argentino.
2. Pacho O’Donnell, Che, la vida por un mundo mejor, Bs. As., Sudamericana, 2003.
3. Armando Hart, “El Che Guevara y la cultura martiana en la revolución Cubana”, clase abierta, Universidad Madres de Plaza de Mayo, 23-11-02.
4. En unas memorias editadas recientemente, su viuda Aleida March cuenta al respecto: "Compartíamos los libros que él me pasaba luego de haberlos leído, con aquella voracidad que lo caracterizó toda su vida. Prácticamente leía un libro por día, aprovechaba cada momento libre. Entre sus preferidos, el Quijote, que había leído al menos seis veces, y El Capital, considerado por él una cumbre insuperable del genio". (Citada en Clarín, 9.10.07)
5. Hay edición reciente: El cuaderno verde del Che, Seix Barral, 2007.
6. “Y ahora, para ti, lo más íntimamente mío”, dice el Che refiriéndose a una selección de poemas de Pablo Neruda, Rubén Darío y otros, que él mismo recita en “una cinta magnética que le dejó a su esposa a modo de despedida cuando se fue de Cuba”. (Tristan Bauer, “Los archivos secretos del Che Guevara”, entrevista en Clarín, 23.11.07)
7. Un ejemplo típico de escritor considerado –de modo despectivo– como decadente es Franz Kafka, cuya obra, por el contrario, fue valorada positivamente por escritores marxistas como Bertolt Brecht o Ernst Fischer, quien se refiere a él con reflexiones similares a las del Che en su libro La necesidad del arte.

No hay comentarios: